BUCEO - PARATY (junio 1999)
Manatí
Casco de acero doble quilla Eslora: 43 pies (13.10 m) Manga: 4.10 m Aparejo: Ketch Diseño: Bruce Roberts ( www.bruce-roberts.com ) Capitán: Alvaro Bermúdez
PUERTO DEL BUCEO
18:30 hs. 5/6/99
El Manatí se encuentra amarrado debajo de la pluma y a su alrededor se vive un clima de excitación y despedidas. La cabina se encuentra intransitable, gente, comestibles y equipo se agrega a último momento a nuestra carga. Alvaro, nuestro capitán, es el único que ha hecho un viaje de días en el mar. Para nosotros, Michel, Manilo y yo, es nuestra primera experiencia de crucero. Para el Manatí, significa el primer encuentro con su medio natural: el océano. Para Jorge, padre de Alvaro y del Manatí, es la realización de un sueño y este relato va dedicado a su memoria.
18:45 hs.
Llega el momento tan esperado, las despedidas. Fue un instante especial, cargado de emoción por los significados distintos que tenía esta aventura y dependiendo un poco de la sensibilidad de cada uno, se vivió diferente, lo cierto es que me sorprendió la fuerza que tuvo el momento. Hasta entonces habían pasado dos semanas de intenso trabajo preparando el barco y no hubo tiempo para prepararse psicológicamente. Nos embarcamos y zarpamos y en ese microsegundo caí en la cuenta de la realidad que estábamos viviendo. Creo que siempre que uno se embarca en una aventura de este tipo se crean defensas para enfrentar cualquier problema que pueda aparecer y en el momento de la despedida, esa defensa cede un poco el paso a los sentimientos. Se me cruzó por la cabeza de que en un porcentaje muy pequeño, existía la posibilidad de no volver a ver a esa gente, a lo cual mi mente respondió cerrando los ojos y jurando seguir el consejo de Tristan Jones : "Una mano para el barco y otra para ti mismo." Pasando ahora a temas más livianos, nos acompañaron en la salida el velero Sharif capitaneado por Javier Santomé (amigo y representante de la revista Uruguay Natural) y el gomón de rescate de Ades con Pablo, Leo, Gustavo, Tata y no recuerdo bien quien más. Salimos de mesana, mayor y spí, con un viento del W-NW, haciendo unos seis nudos (casi velocidad absurda). Una noche muy estrellada y casi fría, aunque con nuestro estado de ánimo era imposible sentir sensación térmica alguna. A la altura de la playa Malvín se despidieron de nosotros nuestros acompañantes. Primero el gomón de Ades hizo una pasada a toda máquina con gritos y buenos deseos y luego el Sharif viró y apuntó su proa hacia el Buceo. Fueron los últimos saludos que escuchamos y nuestros gritos dieron lugar finalmente a los murmullos del mar contra el casco y las velas atrapando el viento. Esa noche el capitán nos reunió en el cockpit y nos explicó un poco el significado del estar nosotros ahí y nuestras responsabilidades. Manilo sería frist-mate o contramaestre y junto con Alvaro el encargado de todo lo referente a la navegación y llevar un rumbo correcto. Michel se encargaría de todo el equipo electrónico y mecánico, así también como verificar nuestro nivel de combustible en los cuatro tanques del Manatí. A mi me tocaron las tareas de llevar un registro de los comestibles abordo y su consumo, saber donde estaba escondida cada cosa en el barco, controlar nuestros tanques de agua dulce, controlar la dieta y salud de los tripulantes.
Cada uno asumió sus responsabilidades de buena gana y creo que la distribución de tareas estuvo bien pensada Nuestras guardias se dividirían en cuatro horas, con la posibilidad de extenderlas o disminuirlas durante las horas de luz. Michel y Manilo estarían juntos en su guardia y yo la compartiría con Alvaro. Cuando terminamos nuestra charla y una vez pasada un poco la excitación de la salida, nos llegó el hambre y así nuestra primer cena fue pollo con puré el cual me tocó preparar. Aunque el pollo ya estaba pronto y el puré era instantáneo, de todas formas, para mí cocinar en tierra de por sí me resulta muy complicado, pero en el mar a menos que esté muy calmo, esta tarea se vuelve el doble de trabajo. Lejos estaba de saber que este hecho lo tornó un desafío y la cocina pasó a ser tan emocionante como tomar una mano de rizos. La pura adrenalina de abrir un armario y estar pronto para atajar una olla que sale volando, se tornó en un juego. Un pasatiempo divertido e inesperado.00:05 h
Velocidad: 6 nudos
Rumbo E
Viento: W-NW prom. 10 nudos
Ola: 0.5-1 m.
Sensación térmica: frío
Estamos en alguna parte entre Parque del Plata y Piriápolis. El cerro de San Antonio se ve como un espiral que gira hacia el cielo y el Manatí continua de spí con Sandokan timoneando. Sandokán es el apodo que se le ha dado a nuestro piloto de viento, un Monitor, que cumple la tarea de llevar el barco sin necesidad de estar en el timón y esto supone mucho descanso para la tripulación. Estoy empezando a disfrutar de la sensación de estar en el mar sabiendo que tenemos varios días por delante de navegación. Siento muchas cosas, todo en base a estar viviendo en el presente, el ahora, este mismo segundo lo siento pasar y aguardo el próximo pensando en que hará el viento, que está haciendo el clima y cuando llegaremos al océano. Nuestro viaje, Buceo-Paraty (Brasil) es de unas 950 millas las cuales esperamos recorrer en unos 12 días más o menos. Al pasar por Piriápolis experimentamos el primer mar complicado. No hay ola, sólo un metro, pero debido probablemente al fondo y alguna corriente extraña, el mar se ha vuelto un lavarropas. El viento no ayuda mucho y decide calmar. El spí se desventa con cada bandazo y la situación se torna un poco incómoda. Arriamos spí y prendemos máquina, hora de timonear un rato. Es hora también de acostarme y mi primera noche abordo me brinda un lindo sueño extendido ya que no me despiertan para mi guardia.
6/6/99 09:00 h
Velocidad 7 nudos
Viento: N- NE 10- 15 nudos
Ola 1 m
Sensación térmica: fresco- agradable
Que linda sensación es la de despertarse en el océano con el barco navegando a siete nudos en un mar calmo. Mirar por el ojo de buey y ver la costa de Rocha con dunas y verde de eucaliptus deslizándose hacia la popa. Estamos a unos kilómetros de La Paloma. Manilo y Michel me cuentan mas tarde que la pasada por Punta del Este estuvo muy linda. Una noche hermosa y un buen viento. Todo está tranquilo a bordo del Manatí, se viene deslizando con mucha tranquilidad con guenoa, trinquetilla, mayor y mesana. Estoy de guardia con Alvaro hasta el mediodía y me dedico a algunas tareas como revisar el nivel de agua en los tanques y continuar con mi lista de stock de comida. De vez en cuando asomo la cabeza al cockpit para ver pasar la costa rochense, donde tantas veces he caminado en busca de algún indicio de naufragio. Acercándonos a La Paloma, toda la tripulación está despierta y Michel y Alvaro nos comunican que hemos perdido contacto con tierra a no ser por VHF. El orbcom que manda y recibe E- mails, está fuera de servicio, el celular no funciona más y también no podemos hacer entrar en la computadora, la carta de navegación hasta Paraty. En conclusión es posible que tengamos que hacer una parada en el puerto de La Paloma hasta solucionar todos los problemas técnicos. No es del todo agradable para nosotros ya que venimos haciendo un promedio muy bueno y esto significa un corte en la buena suerte. Llegando a La Paloma, logramos establecer contacto por celular y así pudimos mandar nuestro primer E-mail. A partir de eso conseguimos hacer andar la computadora y así nos despedimos de La Paloma y continuamos con buen rumbo. Me voy entonces a dormir un rato antes de la próxima guardia a las 16 hs. Una vez aclarados los bajos de La Paloma nos podemos relajar y pensar en el almuerzo. ¿Qué tal empanadas de atún preparadas por mi madre?, ¿y una cervezita para acompañar?. Nuestro próximo acercamiento a tierra sería Cabo Polonio y también el último, de ahí en más, nuestro rumbo nos llevaría a aguas más profundas. En vista de que mi guardia se había terminado y que podía hacer lo que quería, me acosté a dormir una siesta. A las 15:30 me desperté con un mar liso y una brisa de oeste. El spí estaba bien infladito y estabamos a unos pocos kilómetros de Cabo Polonio. Me emocionó ver el Cabo desde el por primera vez. Un lugar que llevo en el corazón por haber vivido cosas muy lindas ahí. Al ser una zona que conozco bastante bien, me preocupó un poco nuestro bordo que nos llevaría un tanto cerca del Cabo mismo , no me pude guardar mi preocupación y se lo mencioné a los demás. Verificando luego la carta digital, parecíamos tener suficiente espacio, entonces me dediqué a disfrutar del panorama y dejar lindos pensamientos por estas costas. Pasamos frente al faro, el cual para mi es nuestro pequeño "Cabo de Hornos" (dudo que empiece a usar una caravana de oro por esto) y de a poco se nos fue escapando la tierra de nuestras manos. Con un atardecer multicolor y todo tipo de nubes, estabamos con un ánimo bastante relajado e introspectivo, hasta que sonó la alarma del profundímetro y pudimos ver un 2 m que nos estaba gritando. Y una vez más, el Polonio mostró su lado traicionero y nos hizo acordar de nunca darle la espalda. Este lugar requiere más atención de lo que puede parecer y hasta en el día más calmo, el peligro existe. Por fortuna ya no llevábamos spí y con una simple orzada nos alejamos, ahora sí, en un rumbo hacia mar abierto. Los bajos de la Isla Encantada fueron los causantes de nuestro susto, y bastante encantada habrá quedado ella de ver pasar al Manatí tan cerca. Más tarde y cuando se despidió de nosotros el sol, comenzó la noche más cruda en cuanto a sensación térmica se refiere. Nuestra recompensa eran unas seis anchoitas que Manilo y Michel pescaron frente al Cabo. Estar de guardia esa noche en el cockpit, era un castigo para cualquiera. Más allá de estar 15 minutos vistiéndose capa por capa de ropa, al poco rato de estar afuera había que entrar a calentarse junto a la estufa y suerte que el Manatí nos brinda tanto confort, porque esta noche en otro barco hubiera sido una experiencia dura. A pesar del frío el cielo estaba a punto de caerse bajo el peso de tantas estrellas y el hecho de estar frente a Punta del Diablo en 24 hs, nos da suficiente calor como para toda la noche (velocidad absurda!). Después de la cena y en acuerdo con el capitán, me fui a mi camarote a dormir, pues estaba más que agotado. Las dos semanas anteriores a la partida habíamos estado trabajando muy duro para poner a punto el Manatí. Toda clase de técnicos desfilaron constantemente por la tercer marina del Puerto del Buceo y mi tarea fue la de aturdirlos por teléfono para que todo estuviera pronto en fecha. Quizás aquí sería una buena oportunidad para agradecerles a todos su buena voluntad. Especiales agradecimientos a Nicolás Gonzalez de Velería Flecha y Nestor Trnka por cumplir y por sus consejos. Lo cierto es que esa noche dormí unas ocho horas de corrido y me desperté a eso de las ocho de la mañana, con el mejor estado de ánimo posible.
7/6/99
El mar seguía ridículamente calmo y el viento siempre franco, empujándonos más y más hacia nuestro destino. A lo lejos se divisaba una playa extensa de la cual sólo se veían los lomitos de unas blancas dunas. Muy lejos para distinguir si el lugar estaba habitado, pero a mi entender y por el aspecto que tenía, parecía estar muy desolado. Lo mejor de todo esto es que nos encontrábamos en aguas brasileras. En algún momento durante la noche habíamos cruzado la frontera. Este fue un día soñoliento, muy calmo y con una tripulación que comenzaba a ajustarse al ritmo de la navegación oceánica. Cada uno realizaba distintos trabajos durante el día o la noche y en los ratos libres se dormían siestas o se timoneaba un poco, sólo por el placer de sentir el barco navegar. Alvaro constantemente mejoraba la maniobra y las velas., inventaba algo que fuera útil y práctico. Su hobby era ver al Manatí listo para cualquier maniobra. Manilo disfrutaba de la navegación y de vez en cuando ojeaba las cañas por las dudas de que los señuelos se hubiesen escapado. Michel inspeccionaba todo lo que pudiese considerarse electrónico y pasaba también mucho tiempo en el lap-top, siguiendo nuestro rumbo, instalando nuevos way-points y descifrando que más trucos se podían llegar a exprimir del programa. Un pesquero nos llamó para avisarnos que teníamos una boya justo a proa, que les pertenecía a ellos, a lo cual le contesté con una mezcla de español, inglés y lo poco que sé de portugués, que pasaríamos a barlovento y con suficiente espacio. Jamás sabré si me entendió o si creyó que probablemente era un rezagado de la BOC y por estar demente, sería inútil intentar seguir con nuestra conversación. Lo cierto es que se despidió muy gentilmente, dando las gracias. Segundos después pusieron rumbo a la boya a toda máquina creo que con la intención de protegerla. Supongo que la conclusión del capitán fue que si nos íbamos a estrellar contra algo, él prefería su barco antes que la boya. A partir de este punto, la labor de vigilar el rumbo de otros barcos, se hizo más intensa y en algunos casos llegó a ser agotadora. Nuestra proximidad a Río Grande se empezaba a sentir.
8/6/99
Esa madrugada me encontraba de guardia junto a Michel y fue entonces que divisamos Río Grande. Como un collar de perlas diminutas sobre una mesa de mármol azul profundo, Río Grande pasaba por nuestra banda de babor. El viento se había establecido a unos 15 nudos firmes, sin rachas y el cielo cambió por primera vez, tornándose un gris sucio. Cuando me tocó dormir, lo escorado del barco me permitió atrincherarme entre la cama y un mamparo. Con algún almohadón que sobraba, logré fabricar una cama con dos colchones, uno de ellos a 90 grados. Para mi esta era la mejor posición para dormir, quedando el cuerpo aprisionado por la gravedad y como consecuencia el movimiento del barco se reducía al mínimo. A la mañana siguiente cuando me levanté y asomé la cabeza al cockpit, entendí por las miradas de Manilo y Michel, que la excursión de niñas católicas al museo de arte se había terminado. El Manatí surcaba ahora olas de un metro y medio y el viento estaba entre los 15 y 20 nudos. El pequeño detalle era que la dirección del viento era del noreste y por consiguiente, totalmente en contra nuestro. Esto no significó ninguna sorpresa ya que es viento predominante en la costa de Brasil, pero de alguna manera todos habíamos mantenido los dedos cruzados esperando que esto no sucediera. A lo largo de ese día el Manatí se volvió una plataforma un tanto inestable para trabajar, cocinar y dormir. Cada uno de nosotros al pasar por la mesa de navegación observaba el GPS y veía como nuestro próximo waypoint, o meta imaginaria, se volvía un punto inalcanzable. El viento alcanzó los 20 nudos constantes esa tarde y para agregarle un poco de condimento, empezaron a aparecer rachas de 25 y alguna olita que pasaba los dos metros. Tan odiada por los navegantes, la ceñida (navegar contra viento) no solo agota la tripulación, sino que maltrata al barco también. Alvaro comenzó a aplicar tácticas de regata reduciendo vela, aplanando la mayor y trimando el barco de una manera diferente. Yo me dediqué a registrar toda esta información y luego ordenarla en mi cabeza para sacar conclusiones y aprender lo más que pudiese. Al caer el sol, la situación sólo empeoró y el estar en la cabina para otra cosa que no fuera dormir, se había vuelto muy incómodo. La única comunicación con nuestro mundo era a través del orbcomm,, pero a pesar de probar varias veces, no recibimos ningún parte meteorológico de nuestros amigos y familia, aunque tampoco era necesario ser Torraca para darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Una simple mirada a las nubes y al barómetro lo decía todo...Roscazo!! La pregunta era: ¿Cuán serio sería esto? Cinco días antes mi hermano, Leo, me había pasado una predicción de Accu-Weather, que mostraba una perturbación atmosférica frente a Florianópolis causante de un mar grueso para el nueve o diez de junio. A pesar de que es difícil creer en una predicción a tan largo plazo, todo indicaba que se estaba cumpliendo. Ya entrada la noche, me dispuse a intentar preparar la cena, lo cual significó estar cerca de dos horas atado a la cocina. Pero no nos dejaríamos vencernos así nomás, la comida abordo del Manatí sería de primer nivel toda la travesía. Cuando todo marchaba bajo control, decidí salir al cockpit a charlar un poco con los muchachos. Me senté junto a Alvaro y la situación no era tan mala como parecía adentro. Es más, el cockpit ni siquiera estaba mojado y por lo tanto no me preocupé en ponerme el traje de agua. Me quedé de jeans y buzito Polar como quien va a pasear un rato a la plaza. Demás está decir que si una ola decidía romper arriba del Manatí, éste era el momento ideal. Lo único que recuerdo sentir, fue el golpe seco de la ola contra la banda y luego el spray en la cara. Cuando me disponía a insultar a Neptuno por haberme mojado el pelo sentí que alguien me agarraba por la espalda y me empujaba hacia la otra borda. En un instante Avaro y yo nos encontrábamos en el piso del cockpit practicando surfing adentro de una ola brasileña, el único detalle era que no teníamos tabla y que yo no tenía nada puesto que dijera en la etiqueta que era resistente al agua.. En uno o dos segundos pasó todo y al mirarnos unos a otros, nos dimos cuenta de que ninguno llevaba puesto el arnés. Alvaro juró cortarle los dedos al que estuviera afuera sin estar atado. Visto lo lamentable de mi estado y que la situación se podía volver sangrienta, bajé a cambiarme y seguir con la cuisine. Toda esa noche hicimos bordos, ciñendo entre los bancos de Río Grande y manteniéndonos en constante alerta con respecto a los barcos pesqueros y de contenedores que abundaban en la zona. Ajustamos velas varias veces, tomando manos de rizos, enrollando guenoa, arriando mesana, para luego hacer todo lo contrario. Cada maniobra costaba mucho trabajo por el estado del mar y la intensidad del viento, que ahora se había instalado en 25 nudos y rachas de 30. Enfachar el barco significaba desconectar el piloto de viento y controlar a mano 18 toneladas que saltan de un lado a otro. Con poca visibilidad y vigilando a alguien que estaba trabajando en proa, la situación se hacía dura por momentos.
9/6/99
Lo bueno de estas guardias intensas era que el tiempo pasaba muy rápido. Cuatro horas eran el tiempo que uno sentía que se empezaba a aclimatar, pero igual era un placer poder refugiarse en el camarote y relajarse un rato mientras la otra guardia llevaba el rumbo. La mañana del nueve de junio, nos mostró que según el GPS habíamos avanzado 18 millas. ¡Ridículo! Parecía difícil aceptar que todo el esfuerzo a que se sometió la tripulación y el Manatí durante un día entero, significaba lo mismo que viajar de Montevideo a Salinas. El nivel anímico había bajado bastante abordo y esto se notó en lo poco acogedor que resultaba estar en la cabina. Durante la noche un par de olas lograron entrar por la escotilla y tuvieron un largo alcance. La sentina era un proyecto biológico en funcionamiento y mejor dejaré el resto de los detalles para mi memoria porque no es muy divertido compartirlos Afuera en el cockpit, el mundo era otro. El tiempo se pasaba volando y había mucho para mirar. Solo con adivinar que ola iba a romper sobre cubierta, bastaba para pasar la noche entera. Esa mañana pusimos el barco al pairo durante una hora para lograr algún tipo de coherencia dentro de la cabina, que se había tornado un tanto caótica. Hicimos algún arreglo necesario y aproveché para revisar el nivel de agua potable. La sorpresa fue bastante desagradable cuando vi que el tanque de babor estaba completamente vacío. Comprendí entonces porqué teníamos constantemente agua en la sentina. No se trataba de una entrada de agua de mar, era agua potable la que estabamos perdiendo. La noticia era tan mala que demoré casi una hora en comunicárselo a Alvaro. Debido al estado del mar, no podíamos acceder al tanque de estribor para revisar el nivel de agua, por lo tanto decidimos restringir el consumo al mínimo hasta poder verificar en que situación nos encontrábamos. Después de las precauciones necesarias, pusimos rumbo a mar abierto y continuamos ciñendo con un pedacito de genoa, triquetilla, mayor con dos manos de rizos y mesana; un poco después lo pusimos al pairos definitivamente, hasta que el NE decidiese calmar. La tarde se hizo larga, con un mar que seguía creciendo y fuertes golpes en las bandas que sonaban como si nos hubiéramos dado de frente contra una marina. El Manatí probó ser lo duro que parece y su sólida construcción y doble quilla, ayudaron enormemente a bancar la situación. AL atardecer la visibilidad empeoró, debido a una lluvia molesta que no quería parar y el viento aumentó hasta alcanzar los 35 nudos con rachas de 40. Las olas eran ahora mucho mas viciosas, de unos 3 m con series de 4. Las salpicaduras que provenían de proa ya eran cosa seria a tener en cuenta. Con este panorama, me mentalicé para una noche cruda y mi razonamiento fue que si algún día quiero realizar mi sueño de navegar por el mundo, este tipo de situaciones tendrán que convertirse en algo natural. La mitad de la tripulación se vio afectada por la fiebre amarilla, quedando Alvaro y yo para hacer las guardias. Esto no me tranquilizó mucho, pero me sentí responsable por encontrarme físicamente bien. El restaurant del Manatí había cerrado sus puertas hacía 24 hs y el menú se había reducido a alguna sopa, panchos o cualquier cosa que se pudiera tirar dentro de una olla atada a un cabo de Kevlar y dejarla sola hasta que estar listo. Antes de mi primer guardia esa noche, organicé toda la ropa que me iba a poner y durante 15 minutos me coloqué capa tras capa de ropa seca, polar, toalla en el cuello, guantes de neopreno, medias, botas, traje de agua, arnés, gorro y línea de vida. Ah!!..me olvidaba de la linterna, navaja, pínula y algunos "After-eight" para endulzar la guardia. Después de todo este preparativo quedaba pronto para irme a la cama de nuevo, pero el calorcito se empezaba a sentir y llegaba un momento en que salir al cockpit resultaba hasta placentero. Alvaro me puso al tanto de la situación: rumbo, viento, barcos y cuando el piloto de viento tendía a perder el control. Con todo esto en la cabeza salí al cockpit dejando una rendija cubierta en la escotilla para ver de reojo el GPS y el radar. Afuera el mundo era otro. El viento aullaba en los cables de stays y obenques y la naturaleza mostraba una obra maestra de su poder. En un par de ocasiones pude llegar a relajar la cabeza lo suficiente como para ver todo esto y a mi mismo desde "afuera" y debo decir que lo que vi me encantó. Respeté mucho la fuerza que había a mi alrededor y respeté más a mi ser también por estar en medio de esto. A no confundirse, una tormenta así, es cosa de todos los días en el océano, pero por ser la primera que yo viví de principio a fin, me parece importante dejarlo escrito para recordarlo y quizás para que otros revivan su primer encuentro con este tipo de mar. Volviendo a la realidad del cockpit, después de un rato sin mucha novedad, comenzaron los problemas en los barcos contenedores. Entre el radar y la pínula, lograba descifrar por donde pasaríamos con respecto a uno de estos monstruos, pero en el ínterin pasaba unos quince minutos de tensión que me dejaban los músculos del cuello como cables de acero. Cuando desaparecían los barcos y volvía la tranquilidad, el viento decidía bornear unos grados y ahí comenzaba la odisea de ajustar el piloto a su nuevo rumbo. No tengo vergüenza en admitir que en mas de una ocasión el barco se me trasluchó, ¡y esto sí que es divertido!; con 35 a 40 nudos de viento, trasluchar el Manatí no es lo mismo que sentarse a tomar un té en la rambla de Pocitos. La adrenalina alcanzaba picos récord, pero dentro de todo sabía que con todas las velas cruzadas como estaban, no habría mayor riesgo. Un par de veces quedé petrificado al timón y la cabeza se puso en blanco, fue entonces que experimenté la rara sensación de que otra persona se hacía cargo de la situación y yo sólo obedecía a las órdenes. Yo sé que todo esto tiene su explicación psicológica, pero el vivirlo me dejó una sensación extraña. Por lo menos alguien timoneaba el Manatí.!Al cabo de lo que pareció media hora, apareció Alvaro para relevarme de mi guardia. Habían volado así, cuatro horas intensas y no había logrado llegar al punto de estar un rato navegando en paz. Por supuesto que me desplomé en mi camarote, con los pelos pegados a la frente, mojados, la cara era un mazacote de sal. A pesar de todo logré dormirme profundamente en el instante que apoyé la cara sobre la almohada. A la una o dos de la madrugada, Alvaro me despertó nuevamente y pude ver en su cara lo cansado que estaba.
10/6/99
Me levanté y preparé un cafecito para poder encarar esta guardia con mejor humor. Afuera me aguardaban más olas, más viento y más barcos. Para no caer anímicamente, me concentré en la navegación, ordené el cockpit, vigilé el rumbo de los otros barcos y de vez en cuando bajaba a servirme más café. Todo iba bien hasta que el viento decidió bornear y se fue más al norte. Ajustar el rumbo me llevó unos veinte minutos y cuando el barco se estableció, por popa apareció el edificio Panamericano navegando en rumbo de colisión hacia nosotros. No lo podía creer! No tenía ni unos pocos minutos de paz. Empecé a deliberar y traté de tomar alguna decisión, pero estando solo se me complicaba la maniobra. Tuve entonces que bajar y despertar a Michel para que me ayudara a maniobrar. En el tiempo que le tomó a Michel vestirse, que fue muy poco, el carguero ya estaba casi paralelo a nosotros y suficientemente cerca como para preocuparse. Finalmente derivamos y nos alejamos de su rumbo, fue entonces el viento el que decidió jugar con nosotros. Vinieron unas rachas muy fuertes y no parecían tener una dirección fija, intentamos poner al Manatí en un nuevo rumbo y sólo conseguimos trasluchar dos veces sin ningún resultado. Con toda la conmoción, logramos despertar a Alvaro y salió a darnos una mano. Finalmente caímos en la cuenta de que el frente frío estaba pasando por arriba nuestro y en cuestión de segundos el Pampero llegó y se instaló con firmeza. Ahora podíamos empezar a correr hacia destino y aunque teníamos un mar confuso, empezamos a tragar millas a favor. De a poco el mar se estableció del sudoeste y cuando amaneció, pudimos presenciar un hermoso espectáculo de la naturaleza. Olas de 4 a 5 m que parecían extenderse de horizonte a horizonte, nos perseguían y atrapaban, Haciendo que el Manatí entrara en una danza con el mar, algo majestuoso. Las series de olas no tenían interrupción, simplemente variaba el tamaño y de vez en cuando el poder del mar parecía sumarse y nos enviaba una ola fuera de serie que rompía sobre el Manatí o lo sacaba de rumbo. Ese día entero fue como sentarse frente a un fuego y observar. La tormenta nos había hecho retroceder once millas desde que empezó todo y en sólo una hora salvamos esa distancia y comenzamos a recorrer nuevas aguas. Empezamos a correr el Pampero sólo con la trinquetilla y en los próximos dos días fuimos agregando más vela hasta terminar navegando con spinnaker. Nuestro bordo nos fue llevando mar adentro hasta que finalmente desaparecieron los barcos y todo vestigio de tierra, a no ser por las aves marinas. Llegamos a estar a 170 millas de la costa y aquí entramos en un ritmo muy relajante. Siempre teníamos algo para hacer y en realidad era difícil encontrar un momento para leer o sentarse y hacer nada. El mar se suavizó hasta quedar como un lago e incluso nos obligó un par de veces a prender el motor y bajar todas las velas. Los días se derretían unos en otros y llegó un momento en que ninguno de nosotros quería llegar a destino. Nos hubiera encantado seguir navegando así por unos quince días más. Estábamos prontos como para ir a Sud Africa, no a Brasil. Cuando sobrevino la calma, pudimos al fin revisar el tanque de agua de estribor y fue una muy agradable sorpresa ver que se encontraba a tope. Toda el agua del otro tanque se había trasladado a éste. Así pudimos darnos el lujo de una ducha oceánica con agua caliente. Demás estar decir el placer que esto significó. Tuvimos la suerte también de pescar tres dorados, o pez delfín y disfrutar de muchas comidas de alto nivel. La comida fue mejorando durante todo el viaje hasta ser ridículamente elaborada, pero esto ayudaba no sólo a nuestro estado físico, sino anímico también. Era un placer sentarse y disfrutar de un plato delicioso preparado por alguno de nosotros. Es más, casi era milagroso, teniendo en cuenta nuestros conocimientos culinarios. Vivimos momentos memorables en esos días y también la navegación se hizo muy disfrutable por el cambio de temperatura. Algunas noches sólo bastaba una remera y un buzo para hacer las guardias. Un atardecer me subí al mástil para sacar unas fotos del Manatí, mientras Manilo y Alvaro reparaban el guenoa que había quedado bastante sentido por la tormenta. El mar estaba completamente calmo y después de bajar el sol, adquirió tonos violáceos y azules. Saqué unas cuantas fotos y después me quedé observando todo a mi alrededor. Algunas gaviotas pasaban volando junto al Manatí y se confundía la sombra sobre el mar con las gaviotas mismas. Hacia cualquier punto que mirara, el mar era la línea del horizonte. Tenía 360 grados de horizonte ininterrumpido. Solo hacia el lado de Brasil se veían unas nubes muy lejanas, el resto era cielo limpio y puro.
Una mañana que lloviznaba, Alvaro nos despertó a todos a eso de las ocho para avisarnos que nos encontrábamos rodeados por unos veinte delfines que jugaban alrededor del barco. A pesar de tratar de vestirme y salir corriendo, no pude llegar a tiempo y me perdí el espectáculo. Pero pronto tendría mi recompensa... La mañana del 14 de junio y después de seis días en el medio del océano, vimos tierra por primera vez. A lo lejos se lograba distinguir un morro muy grande, que resultó ser la Isla de San Sebastián. Fue muy emocionante saber que estábamos llegando y a la vez nos invadió un poco de tristeza porque una experiencia tan hermosa estaba por llegar a su destino. El cielo se encontraba cargado de un manto de nubes bajas y espesas y el viento era una brisa del sur que de a poco nos empujaba hacia tierra. A eso del mediodía comenzamos a ver barcos de carga y algún pesquero. De a poco íbamos aterrizando nuevamente hacia la sociedad. Por la tarde el viento empezó a calmar de a ratos y una llovizna aparecía de vez en cuando. Antes de que cayera la noche, programamos toda la ruta que deseábamos hacer en la computadora, para no tener dudas más tarde y con poca visibilidad. Se habían terminado las siestas, nadie podía pegar un ojo viendo los morros que de a poco iban asomando. La luz del día desapareció temprano y se instaló una llovizna persistente que de a ratos se transformaba en una lluvia tropical bastante fuerte y para sorpresa de todos, la temperatura bajó mucho. Casi se sentía frío al estar en el cockpit. El viento desapareció y tuvimos que prender máquina y timonear el Manatí. Nos turnamos para llevar el rumbo ya que timonear a motor se hace monótono, mucho más con lluvia y de noche. El espectáculo de esa noche eran las noctilucas. Era tanta la cantidad que nuestra hélice producía una luz verdosa en la popa iluminando el espejo (la popa del barco). La estela que dejábamos parecía un tubo de neón sumergido a un metro de profundidad. A eso de las nueve de la noche me encontraba timoneando y tenía a Michel como companía. Estaba muy cansado por haberme quedado despierto desde hacía casi 24 horas y ahora la monotonía me cerraba los ojos. En un instante de esos en que encontraba a punto de caerme sobre el timón, me sorprendió una estela fluorescente que venía directo al cockpit por estribor. Lo único que mi mente registró en un segundo fue que nos habían disparado un misil. Fue tan repentino y tanto el susto, que le pegué una vuelta al timón para evitar el choque. Pero no pasó nada...Michel ni siquiera se dio cuenta de lo que había hecho y a mi me dio vergüenza admitir que estaba demasiado cansado y tenía alucinaciones. Corregí el rumbo, sintiéndome un tanto ridículo y me preparé para entregar el timón a otro. De repente por babor y atrás nuestro, se sintieron dos soplidos y un chapuzón. No sólo sentí alivio por develar el misterio del misil terrorista, sino que junto con Michel y luego Alvaro y Manilo, presenciamos una de las cosas más hermosas que haya visto en toda mi vida. Una pareja de delfines jugaban alrededor del Manatí haciendo todo tipo de maniobras bajo la superficie y colocándose en la ola de proa a unos cinco centímetros del casco. Esto de por sí era impresionante, pero lo que más nos sorprendió fue que debido a la cantidad de noctilucas, sus cuerpos parecían iluminados desde su interior. Era tanta la luz que producían al desplazarse que se les veían hasta los detalles más pequeños, la cara, los ojos, todo. Parecían estar envueltos en una burbuja de luz. Estuvieron con nosotros unos 15 minutos y luego se hundieron hacia aguas más profundas y desaparecieron. No me puedo imaginar una mejor bienvenida. Ahora sí estaba despierto y pude timonear un rato más sin ningún problema. A media noche del 14 de junio, el fondeo del Manatí, rompió el espejo de mercurio de la bahía de Paraty- Mirim Nos felicitamos unos a otros y dimos un poco de espacio al silencio. A lo lejos se escuchaba algún pájaro nocturno en el medio del espesor de los morros. Por varios rinconcitos lejanos se veían las luces de los pescadores que salen de noche. Parecía como si la paz y el silencio del lugar se pudieran tocar.
El amanecer nos reveló el paraíso.