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La Maldición del León - Parte I

INTRODUCCIÓN

Amanecía el 18 de Febrero de 1991. Todavía podía escucharse el silbido del viento que azotaba las costas de Punta del Este desde el día anterior. Allí me dirigía precisamente por la Costanera cuando vi algo que hizo correr un escalofrío de mis pies a mi cabeza. Frote mis ojos y volví a mirar, tímidamente... Era cierto. El Escirón estaba en la playa. Clave los frenos, descendí, trepe por la fina arena de las dunas de la parada 23 y me senté a presenciar el triste espectáculo.

Tendido sobre su banda de estribor y mirando al W, el Escirón deja apreciar sus líneas clásicas de velero oceánico. Es sin duda alguna un barco de desplazamiento pesado, de unos 13 metros y medio de eslora total y unos 4 metros de manga. El aparejo ketch, la proa clipper con su estilizado botalón, la carroza alta y de bordes rectos, los ojos de buey, todos estos detalles le dan un aire romántico y místico. Pero en mi también despiertan muchos otros sentimientos, especialmente cuando veo el estado en que se encuentra este barco, como consecuencia de un anterior naufragio, mucho mas severo. Tal vez intentando escapar a estos aterradores recuerdos, me dirijo hacia unas personas que rodean al casco varado. Se rumoreaba que durante la noche ambos cabos que lo amarraban a su boya del puerto de Punta del Este se habían cortado y que el viento lo había arrojado hacia la playa. Todo esto sonaba muy turbio para mi, que conocía mucho mas la historia de este barco.

Tome distancia, trepe nuevamente la duna, y me senté a mirar. Pero ya no veía un barco varado en la playa mansa, estaba viendo mucho mas lejos. Estaba viendo al Escirón 8 meses antes, en circunstancias infinitamente mas delicadas, y en las que yo estaba involucrado. Lentamente, sin retirar la vista de este barco misterioso que cobraba vida ante mis ojos, fui reconstruyendo y ordenando esta historia...

CAPITULO 1: EL ESCIRON

Miércoles al mediodía. Como de costumbre la mañana había transcurrido en un laboratorio entre libros de ciencia. Volvía por fin a casa donde seguramente me esperaba un suculento y apetitoso almuerzo que me haría olvidar por un momento los nervios y la tensión de tener al otro día, 14 de junio, un parcial de Microbiología. Pero al llegar a casa encuentro un mensaje que desvía por completo mi atención de los libros: "Alvaro: llamo Alfredo para ver si te interesa traer un velero de Brasil. Búscalo en el puerto." Sencillo. Dos líneas. Pero yo sabia que había mucho mas detrás de ese mensaje. Si mis sospechas eran ciertas y aquel velero era el Escirón, estaba de parabienes. Yo había llevado este barco a Florianópolis (Brasil) el pasado Febrero, y tras ocho días y medio de navegación realmente le había tomado el gusto. Aquella era no solo una oportunidad de disfrutar de un estupendo paseo oceánico, sino de ganar buen dinero haciendo lo que yo mejor sabia hacer.

Para un joven de diecinueve años estudiando dos carreras simultáneamente, no hay muchas maneras de ganar dinero y en este sentido la navegación profesional es una excelente alternativa. Desde muy chico ya ahorraba cada vinten que pasaba por mis manos con la esperanza de algún día tener un barco propio, y esta propuesta me acercaba unos dólares mas a esa ilusión. Tenía la ventaja además, de que iba acumulando millas de experiencia para el día que zarpara con mi barco. Todos los niños soñamos alguna vez con las cosas que haríamos de grandes, pero solo los mas obstinados y optimistas perseguimos y alimentamos esos sueños hasta traerlos a la realidad. En mi caso no se habían cumplido en su totalidad pero sentía que con estas oportunidades cada día estaban mas cercanos. Recorrer el mundo en un pequeño velero cruzando todos los mares y visitando las islas mas remotas y las culturas mas primitivas. El primer paso ya lo había dado. Había encontrado la mujer que me acompañaría en estos viajes por el mundo...

En fin, tantos sueños rondando en mi cabeza no podían terminar sino en una pronta escapada al Yacht Club para concretar la partida.

Alfredo es un hombre de unos cuarenta años, de baja estatura y complexión delgada. Gran parte de su rostro, curtido por el sol y la vida al aire libre, esta cubierto por una oscura barba algo espesa pero prolija. Su ancha frente, adornada de arrugas, se continua con el cuero cabelludo que ha quedado al descubierto con el paso del tiempo. Hombre seguro y de gran experiencia en el mar es una típica rata de puerto, de esas que conocen todos los curros y tienen todos los recursos. Si se quiere comprar un barco, contratar un marinero o hacer cualquier negocio náutico, Alfredo es la persona indicada. Fue el, quien siendo mi vecino de amarra el anterior verano concreto mi viaje en el Escirón a Florianópolis. Y una vez mas, conociendo mis deseos de trabajar me tendía su mano amiga.

Los días pasaron casi sin darme cuenta, y esa noche de domingo me vi a bordo de un ómnibus rumbo a Brasil. Recién entonces me di cuenta de que Valeria no estaba conmigo. A pesar de mis promesas de que no volvería a hacerme a la mar sin ella, el destino quiso que, una vez mas, se quedara en tierra firme esperando mi regreso. Me acorde de sus lágrimas, de la rabia y la impotencia de ver deshechos nuestros planes. Hubiera sido una experiencia única de convivencia en el mar, y un perfecto paso previo a nuestro proyecto de viaje por el mundo. Pero no hubo suerte... Tal vez fuera mejor así.

Llegamos al puerto de Laguna al atardecer del Lunes. Ya era tarde para hacer los papeles de salida y el supermercado había cerrado; por lo tanto, bolso en mano, nos dirigimos hacia la marina donde estaba el Escirón. Con el barco en penumbras, era imposible hacer una minuciosa revisación, de modo que, casi a tientas, me dirigí al que seria mi camarote durante la travesía. Un sentimiento de aprehensión me acompañaba con cada paso a ese lugar, y cuando mis ojos lograron adaptarse a la poca luz existente, fue recién entonces que pude distinguirlo en la oscuridad. Soberbio, erguido sobre sus patas delanteras y con la melena hacia atrás, aquel león tallado en maciza madera marrón conformaba una visión espeluznante. La idea de compartir mi camarote con aquella bestia no me seducía en lo mas mínimo, pero ante la imposibilidad de mover sus casi cien quilos de peso muerto me tendí en la cama, exhausto, y me deje vencer por el sueño.

Amaneció con cielo despejado y una linda brisa del noreste. No podía evitar imaginarme el spinaker portando y muchas millas de océano pasando bajo la quilla, mientras Punta del Este se acercara mas y mas. Quería salir lo mas pronto posible. Me pasee por la cubierta revisando toda la jarcia y retocando los últimos detalles. El primer problema apareció al encender el motor, un Promomar de sesenta caballos que pesaba no mucho menos de esos sesenta caballos. No tiraba agua y por lo tanto recalentaba. Alfredo reviso la bomba y por suerte la pudo poner en funcionamiento. Menos mal que mi compañero es bastante diestro con el motor, porque es mi punto débil. Para peor es tan grande la fobia que le tengo a los motores, especialmente a los diesel viejos y mugrientos como ese, que me niego inconscientemente a aprender a repararlos. En estas reparaciones, una subida al palo de rutina y alguna otra cosita se nos fue la mañana, y al mediodía nos fuimos a la Capitanía do Porto (Prefectura). De allí al supermercado, donde nos abastecimos como para una semana en el mar incluyendo pollo, mariscos, mucha fruta, galletitas y dulces. También compre bombones para casa, para Valeria, y el chocolate cobertura que había prometido para hacer una fondue a mi regreso. Bien aprovisionado el barco, quedamos listos para esa misma tarde del martes diecinueve zarpar rumbo a Punta del Este.

CAPITULO 2:

LOS CAMARONES DE ALFREDO

El Escirón es un barco de líneas clásicas, aunque su construcción es de fibra de vidrio. El aparejo es Ketch, arbolado por dos fuertes palos de madera de diámetro muy generoso, pintados de blanco. Lamentablemente tiene un solo estay de proa ocupado permanentemente por un enorme guenoa de enrollar. Esta configuración no es la ideal para un velero oceánico porque no hay donde poner una vela de tormenta. Cuando sopla muy fuerte a nadie se le ocurre desenrollar el guenoa para arriarlo y ceder su lugar a un foque o tormentín; es que ni siquiera lo resistiría sin rifarse. Un estay de trinquete hubiera evitado estos trastornos además de agregar una gran versatilidad al aparejo.

Los interiores son "Grand Lux". Diseñados tipo "charter" comprenden dos cabinas a popa con cama doble y un amplio placard cada una, una dinette acogedora que hace las veces de mesa de navegación, una buena cocina y un buen baño. A proa, un camarote para tripulación con las tradicionales cuchetas en V, y otras dos cuchetas encima. Roperos por todos lados, y todos los chiches para una navegación de placer: agua presurizada, heladera, freezer, calefón a gas, salamandra; una verdadera casita, pero difícil de mantener. Todos los que navegaron alguna vez saben que todos los chiches se llevan mal con el agua salada.

El instrumental es muy completo. Danaplus por todos lados, satelital Walkers y un Autohelm 5000 al timón. No da para quejarse. Un buen VHF Sailor cierra la lista. Todo marcha bien, salvo la corredera que debe estar sucia pero ya la vamos a limpiar.

Navegamos a motor, a unos cinco nudos, mientras el sol se esconde tras los grandes morros del cabo Santa Marta Grande. Cada vez hay menos viento y el mar es un espejo. Nos preparamos para una cena digna de Babette que ya esta "diseñando" Alfredo. Como ya lo había comprobado anteriormente, estaba navegando con un especialista en mariscos y pescado, cosa que mantenía a mi estómago de muy buen humor. Materia prima no le iba a faltar, ya que estábamos muy bien surtidos. Aprovechándonos de las facilidades que nos brindaba el buque, compramos todo fresco, como para un viaje de placer. Abordo había algunas latas, que esperábamos no tener que abrir.

Y así fue, una cena para reyes. Camarao con arroz; con una salsita de las que solo Alfredo sabe preparar, o tal vez algún discípulo suyo. Le dejamos el timón a Pepe (el timón automático) y nos sentamos a la mesa. Por suerte a el no le gustan los camarones. Agarra el timón y sin protestar puede pasarse días enteros, siempre y cuando se le suministre su medio ampere de corriente, que equivale a unas cuantas calorías y algunas horas de sueño para un mortal. Pero, volviendo a la cena, descorchamos la damajuana de vino, y cuando quise acordar apareció un delicioso plato, humeante, y se poso delante de mis ojos. A pesar de la buena pinta de la comida, me llamo la atención un detalle en el plato en si, que creo que es digno de mencionarse. Tenía alrededor de la base, un aro de goma, casi imperceptible, pero suficiente como para que no se deslizara, aun con el barco escorado. Viva quien sea que cráneo un invento tan practico y a la vez tan sencillo.

Comimos y bebimos como si fuera la ultima vez en mucho tiempo...

Al rato Alfredo salió a echarse un vistazo y volvió con la mala noticia

- Che, hay unas nubecitas en el SW que no se ven muy amigables.

Maldiciendo, salí por el tambucho pensando en encontrarme con el conocido cigarro de nubes negras que anuncian fuerte tormenta, pero por suerte no fue así. Pero gratis no la íbamos a sacar. Eran nubes grises, no muy condensadas, que parecían traer un poco de lluvia. La calma chicha no era muy buen augurio pero como los pescadores, único servicio meteorológico confiable de la costa brasileña, nos aseguraron buen tiempo y vientos del NE no quisimos hacernos mala sangre!

Pero a Eolo, dios del viento, poco le importa lo que digan los pescadores o lo que añoremos nosotros. El indico SW y SW soplo. Suave, por suerte, pero bastante molesto para comenzar un viaje que debería ser "en bajada".

Con todos los trapitos portando, hacemos un bordo afuera, rezando para que dure poco. Había muy poca ola y el viento apenas acariciaba las velas, pero yo empecé a sentir que los camarones de Alfredo se me rebelaban en el estómago. Esto no me gustaba nada. Un viejo marino no se marea, y mucho menos en una calmita como esta. Que iba a pensar mi compañero? "A este de donde lo sacaron?" , "navegante de bañera", etc, etc. Le ordene severamente a mi organismo que tuviera respeto por su amo. Lo amenace incluso con no darle mas de comer. Pero evidentemente quería guerra y decidió enfrentarme.

Durante la noche ya había perdido mi primer round. 1-0 a favor de los camarones, que habían vuelto al mar. Pero la guerra continuaba...

Mientras tanto Eolo también mostraba su juego, no menos poderoso. Hacia las seis de la mañana nos envió una violenta racha del SE que nos obligo a arriar la mesana, enrollar medio guenoa y finalmente, tomar un rizo en la mayor. Con estas reducciones lo teníamos dominado y seguíamos avanzando, muy lentamente, ahora bordo a tierra.

Vuelto a mi enfrentamiento personal, el malestar continuaba. El viento trajo mucho frío y mojado por la lluvia y los salpicones, decidí meterme adentro. Ay, Alvarito, como podes cometer el mismo error que todos los pobres infelices que viste marearse! Convencido de ser una excepción a la regla, estaba cavando mi propia fosa. Y que mal que me sentí. Físicamente en la ruina; pero lo peor no era eso, sino la patada en el orgullo. Me sentía muerto, tirado, indefenso. Durante las guardias, apenas podía levantarme para mirar hacia la proa, y cuando me tocaba bajar, me quedaba en el piso, abrazado al balde. No lo podía creer de mi mismo. Me sentía humillado.

Y esta paliza se iba a prolongar 24 horas. Las olas fueron creciendo y el movimiento se hacia insoportable. El viento no bajo nunca de Fuerza 5; las rachas, de ahí para arriba. El barco se levantaba perezosamente sobre las crestas y caía, con sus 18 toneladas, pareciendo por momentos que se iba a desarmar con los golpes.

Dado que pasaba el tiempo y el viento no aflojaba nos pusimos al pairo. Con la mayor portando normalmente y el guenoa muy achicado y acuartelado el barco quedaba casi inmóvil. Derivábamos mucho pero pudimos descansar los músculos y estómagos. Pero la mente no descansaba. Llegar hasta donde estábamos había costado mucho sacrificio y estábamos volviendo atrás; lentamente, derivando, pero para atrás. Al poco tiempo hicimos portar el guenoa y seguimos peludiando, metro a metro. De todos modos la surestada no podía durar mucho mas.

Nos equivocábamos, no solo duro sino que fue empeorando. Hacia el atardecer del miércoles ya estaba soplando Fuerza 6 parejo, y las olas, pasando cómodamente los dos metros de altura estaban muy molestas. Eran demasiado empinadas como para que el Escirón las trepara y bajara cómodamente, lo que resultaba en una estupenda coctelera.

Vino la noche y a las dos de la mañana tuvimos el primer desperfecto. Nada grave por suerte: se salió el perno que sujeta la botavara al palo, y esta salió despedida hacia proa. Pero la mayor es una buena North, bastante nueva, y no quiso rifarse. Por el momento la amarramos con un cabo y dejamos la búsqueda de otro perno para cuando hubiera luz.

CAPITULO 3: PAMPERO

Me hallaba tirado en la dinette, luchando contra el mareo cuando una escorada violenta me aplasto contra el respaldo. Abrí un ojo y mire la hora: Seis y media de la mañana. Linda manera de comenzar un nuevo día. Pero, sabiendo que el horno no estaba para bollos me precipite por el tambucho. Se escuchaba ya el silbido del viento y el estruendoso flameó de las velas que Alfredo se vio obligado a filar. A pesar de que no portaba ninguna vela el barco estaba irremediablemente acostado por un viento de mas de 40 nudos (75 km/h). Sin pensarlo dos veces, me fui al palo a arriar la mayor, con la ayuda de Alfredo. Acostados contra el mástil nos prendimos fuertemente de la relinga que no quería bajar. Mientras tanto, una helada ola matinal reventó contra la banda, recordándome con su blanca espuma, que en el apuro no me había puesto la campera de agua. Una vez dominada la mayor y fuertemente aferrada a la botavara, enrollamos un poco mas el guenoa, tratando de que se pareciera a un tormentín.

Malditos sean los pamperos cuando tocan a contramano! Pero este era un pampero raro, que no aviso antes de soplar, ni con cigarro, ni con calma ni con caída de barómetro. Ahora, que soplaba, no cabía la menor duda, y era imposible avanzar. El barco quedo completamente desequilibrado y no hacia proa. Nos miramos, a través de una cortina de lluvia torrencial, en busca de una respuesta.

- Que jodita eh! - le digo a Alfredo - como si el tuviera la culpa de algo. Que habrás hecho vos para que nos den esta paliza!

- Lo bravo es que nos se por cual de los errores me la estoy ligando - me contesta, sin perder el sentido del humor.

- Sin mayor de capa no la veo, che, porque el guenoa este para lo único que sirve es para atravesarnos a la ola, y ya están viniendo creciditas, no?

Y no quedaba alternativa; es muy feo volver atrás después de 24 horas de luchar por avanzar 30 millas contra una surestada. Sabíamos que en tres o cuatro horas habríamos desandado todo ese camino. Era la derrota, pero no daba para mas. Derivamos, dimos de comer a la vela de proa, y el Escirón cobro vida, lanzándose delante de las olas en una loca carrera.

Habíamos pasado ya Capao da Canoa durante esa noche, y estábamos ahora a unas 10 millas de la costa, con rumbo 60 grados. Esta derrota nos alejaba de la costa pero evitaba trasluchadas accidentales que quisieran acabar con nuestra única vela. La idea era seguir en este rumbo durante unas cuatro horas y trasluchar hacia la costa, para andar cerca de Laguna o Imituba unas 8 horas mas tarde. Nos preocupaba la escota de guenoa de barlovento, que aparentemente había sido castigada contra un obenque mientras intentábamos dar unas vueltas al enrollador, y estaba a punto de romperse.

A eso de las once de la mañana empezamos a pensar en la trasluchada, cosa que no parecía muy agradable con el mar y el viento que seguían en aumento y sabiendo que alguien tenía que ir a proa a solucionar lo de la escota antes de la maniobra. Desde la relativa seguridad del cockpit miro las olas y la cubierta y la idea cada vez me gusta menos. El viento pasa ya los cuarenta nudos constantes.

Ya que no había alternativa, enganche el arnés y me dirigí hacia la proa, gateando prácticamente para hacerme menos vulnerable a los golpes del mar. Sentado sobre la cabina, agarre la escota donde estaba por romperse y la corte con la navaja. Sabia que no tenía mucho tiempo para perder porque si el guenoa llegaba a flamear me la iba a ligar feo. Con las partes sanas hice una vuelta de escota, tradicional nudo marinero que permite unir dos cabos rápidamente, y volví al cockpit. Trasluchamos sin problema y empezamos a pensar en la paz y tranquilidad de un puerto que sabíamos que aparecería en este nuevo rumbo.

Pero esa película duro muy poco. Una racha violentísima e inesperada hizo jirones nuestra única vela y nuestra única esperanza de llegar a tierra.

- Ahora si que no me gusta nada -

- A mi menos -, me contesta Alfredo. - Quedamos a disposición del viento -

Había una ultima esperanza, que nos podría permitir hacer rumbo de nuevo: el motor. Arranco perfecto y, mal o bien, nos permitía orzar unos 15 grados. El rumbo era bueno, pero timonear se hacia mucho mas difícil ya que no había vela ninguna que mantuviera la proa apartada del viento, y el Escirón insistía peligrosamente en atravesarse.

Pero pocos minutos mas tarde el motor recalentó y hubo que apagarlo. Evidentemente había problemas con la bomba de agua pero no era momento para reparaciones. A palo seco la velocidad era la misma, 5 nudos entre ola y ola y quien sabe cuantos en las barrenadas. La chubasquera portaba como si fuera un spinaker ante un viento que ya no baja de 50 nudos (92 km/h). El rumbo del viento y de la ola era paralelo a la costa, así que nos despedimos de Laguna y empezamos a pensar en Florianópolis. Parecía mentira, salir de Laguna rumbo a Punta del Este y aparecer en Floripa!

El mar es un caos. Por momentos me olvido del peligro y me quedo atónito, presenciando un espectáculo deslumbrante, como nunca antes había visto. El cielo, totalmente negro, y la espuma, blanca reluciente, vuela descontrolada sobre la superficie del mar. Ya no se distingue cuando es lluvia o agua salada lo que nos azota la espalda. Miro alrededor y no veo mas que olas y mas olas, que se alzan como montañas y se desmoronan en una avalancha de espuma. Aparecen por todas partes unas manchas de un color turquesa intenso, típicas de estas aguas, pero que nunca me pude explicar. Se que es un privilegio ser testigo de este despliegue de belleza que nos esta brindando la madre naturaleza; solo espero que el precio de esta platea exclusiva no sea demasiado caro...

Muy pronto la situación se complica de tal manera que ya no es posible disfrutar del espectáculo. Empiezan a aparecer los defectos del barco: detalles, pequeños detalles de los cuales puede depender la vida. Cuando un navegante poco experimentado como yo mira y analiza un barco, para ver si es capaz de resistir o no a una travesía oceánica, se fija en la forma del casco, en el aspecto general del equipamiento, en los mástiles... Incluso se valora de sobremanera el instrumental, el motor, la radio, pero se pasan por alto cosas mucho mas importantes. Para empezar, el cockpit del Escirón tiene tapas de inspección del motor que no cierran herméticamente, y los inbornales demasiado chicos. Por allí precisamente empezamos a embarcar agua. Las olas, que ya pasaban sin duda los seis metros de altura empezaron a romper, y cada tanto alguna aterrizaba en el cockpit y seguía su camino hacia la sentina sin mas escalas. Pero había un defecto aun mayor y que también le restamos importancia antes de zarpar: las puertas. Tanto la cabina principal como las dos cabinas de popa estaban franqueadas por grandes puertas de madera barnizada, con rendijas de ventilación, y sujetas por frágiles bisagras. Esta disposición puede ser muy aceptable en el Caribe, pero acá abajo definitivamente no! Las bombas de achique anduvieron maravillosamente bien, hasta que se comieron todas las baterías. Cargarlas, con lo que calentaba el motor, era imposible. Por lo tanto el turno de descanso se transformo en el de achique, valiéndonos de una pequeña bomba manual de diafragma que por suerte estaba ubicada cómodamente en el mamparo de la cucheta de babor de la cabina principal.

Hacia el atardecer el viento aumenta mucho mas, haciendo que la chubasquera estalle en mil pedazos. Cuesta creerlo, pero nos vemos imposibilitados de hacer cualquier movimiento sin estar fuertemente agarrados, porque saldríamos volando. Siempre había tratado de imaginar lo que seria un huracán, los vientos que pasen muy por encima de los cien kilómetros por hora, pero nunca pensé que me tocara vivirlos. Además no encontraba explicación alguna porque los pamperos que yo conocía empezaban con toda su fuerza (rara vez del orden de los cincuenta nudos) y luego disminuían gradualmente a medida que se retiraba el frente frío. Pero ahora el viento no dejaba nunca de aumentar, no conocía limites. Por momentos me preguntaba si se cumpliría el viejo dicho de "siempre que llovió paro" o "siempre que soplo paro" o si nos abrían cambiado las leyes de la naturaleza. A pesar de todo, sigo deslumbrado, hipnotizado por ese mundo hostil que veo a mi alrededor. El mar esta totalmente blanco de espuma y la lluvia viaja en forma horizontal. Las olas son tan grandes y tan seguidas que ya no hay horizonte. Se ven los lomos gigantescos de dos o tres olas y nada mas. Porque esa furia...? Porque ese odio y esa agresión desatada contra nosotros?. Con que fin...?

De pronto, veo por sobre mi hombro, una gigantesca pared de agua que se nos viene encima. Me tiemblan las piernas. Dirijo el barco perpendicular a la ola y me aferro fuertemente al timón. Concentro la mirada en la proa para no perder el rumbo. La popa empieza a levantarse... y se levanta aun mas, y mas, y de golpe, empujado por la cresta de la ola, se lanza el barco cuesta abajo en la barrenada mas aterradora y descontrolada de mi vida. Todo tiembla, el palo vibra, parece que fuéramos a estallar. Me quedo duro viendo como se acerca el agujero que nos separa de la ola anterior. Si orzo para esquivarlo nos atravesaríamos y tumbaríamos sin lugar a dudas. Pero si se clava la proa nos vamos por ojo! Pero ya era tarde... Aterrizamos con una violencia impresionante. La proa se entierra hasta el palo mayor. Pero reflotamos, desprendiéndose enormes bigotes de agua a ambos lados del casco. Fue mi primer momento de miedo. Hasta ahora había sentido la angustia del mareo, la rabia de tener que volver a puerto, la desesperación de no tener velas ni motor para poder hacer rumbo, pero en ese momento sentí miedo, miedo de verdad. Me vi en el agua, con el barco destrozado por la fuerza de esa bestia de ola. En todo momento había pensado que tras unas horas mas de sufrimiento, el temporal iba a calmar, y con un poco de ingenio íbamos a poder llegar a Florianopolis. Pero ahora lo empecé a dudar. Las barrenadas se hacían tremendamente peligrosas, especialmente porque el casco del Esciron no fue diseñado para planear, sino mas bien todo lo contrario, ya que es un casco muy profundo, con secciones en "V" de proa a popa. Esto lo hace descontrolarse totalmente cada vez que supera la velocidad de su eslora. Lo primero que se me ocurrió para frenar las barrenadas, a falta de un ancla de mar, fue arrastrar un cabo. Yo había visto en el tambucho de babor del cockpit un cabo de nylon especial para este propósito, de 3/4 de pulgada y unos 60 metros de largo. Pata a Alfredo si no se animaba a ir a popa (el cockpit es central), mientras yo timoneaba, para arrojar el cabo en forma de "U", con las gasas de los extremos enganchadas en los molinetes. A pesar de mis suplicas, Alfredo jamas enganchaba su arnés, y tampoco lo hizo en esta ocasión. Horas mas tarde, por esa tozudez, iba a estar al borde de la muerte...

El "freno de mano" funciono perfectamente. La velocidad disminuyo y se hizo mas constante, cinco o seis nudos, con una cierta elasticidad para que las olas no nos destrozaran, pero sin esas locas barrenadas. Además, como el cabo sujetaba ambos lados de la popa, ayudaba mucho a evitar las atravesadas y a su vez aliviaba al timón.

Se podría decir que la decisión de remolcar estachas fue justo a tiempo, porque no bien terminamos la maniobra el viento aumento aun mas, la velocidad volvió a aumentar y volvimos a barrenar, a palo seco y arrastrando sesenta metros de cabo. Para empeorar el drástico panorama se hizo la noche, la noche mas dura de nuestras vidas...El cielo quedo completamente negro, pero el mar seguía blanco y con mas fuerza y mas ímpetu que nunca. Exhausto, entro en la cabina

de popa y me tiro de espalda sobre la cucheta. Muchas cosas pasan por mi cabeza mientras entro en un estado de semi-sueño. Primero el típico "que m... estoy haciendo aquí cuando podría estar yendo a Facultad como todo el mundo, o tirado en una cama con mi novia mirando un video?" Este pensamiento venia dándome vueltas desde hacia ya varios días. Pero además empecé a preguntarme cuanto hacia que no dormía, y que no comía. Desde la salida de Laguna el día 19 no había dormido mas de dos horas, por el mareo primero y el temporal después. Lo único que había comido eran los camarones de Alfredo ese mismo día, que además devolví antes de haber asimilado nada, y junto con ellos cualquier otra reserva que hubiera tenido de antes. Estando ya en la madrugada del día 22 me cuesta creer que me haya mantenido vivo con solo unos traguitos de agua de cuando en cuando y con todo ese desgaste físico y psíquico. Luego empecé a especular sobre el tamaño de la ola que casi nos hace ir por ojo. Comparada con las que había visto en un viaje anterior a Florianopolis, durante un fuerte pampero, era mucho mas grande. Comparada con las olas de Pipeline en Hawaii que corren los surfers en los videos (que sabia llegaban a los diez metros) también se veía mas grande. Pero seria impresión mía? Ah!, ya se, puedo obtenerla por trigonometría estimando el ángulo que nos levanto la ola y el largo de la rampa por la que descendimos. Pero no me da la cabeza para hacer cuentas, ya las haré algún día; y de todos modos, a quien le importa? Estamos a flote y punto! Luego empecé a pensar en Valeria, en que estaría haciendo, que se imaginaria. Seria capaz de percibir mi sufrimiento? Todas estas ideas transcurrieron en pocos segundos, al igual que un sueño y pronto estaba profundamente dormido.

Desperté abajo del agua. Desesperado levante la cabeza, llene de aire mis pulmones y me abalancé hacia la puerta, que ya no estaba en su lugar. No entendía nada. Todo parecía normal. No habíamos tumbado como yo creía. Confundido, me dirijo a Alfredo, que permanecía al timón:

- Que fue eso?

- Una ola. Reventó encima nuestro y se llevo la puerta de tu camarote. Hay que achicar y rezar para que no nos agarre otra.

Luego de varios turnos de timonear y de bombear, hacia las cuatro y media de la mañana, volví a acostarme, esta vez en proa. Esta demás decirlo que estaba absolutamente empapado de pies a cabeza. Desde aquella ola que recibí en mi espalda sin campera cuando arriábamos la mayor hacia ya 22 horas, nunca había podido secarme. Al contrario, cada vez estaba mas y mas mojado. Pero el agotamiento siempre era mayor y me dormí como una piedra.

CAPITULO 4: AL BORDE DE LA MUERTE

No se cuanto tiempo transcurrió desde que me quede dormido. Tal vez fueron quince o veinte minutos cuando de pronto, sentí que me golpeaba contra todo; me pareció estar en un gran cajón de madera al que sacudían y daban vueltas, tratando de hacerme caer. Pero en pocos segundos dejaron de sacudirlo. Satisfecho de haber vencido a esas fuerzas pesadillezcas, me volví a dormir. Pero la voz de Alfredo, llamándome desesperadamente, me hizo reaccionar. En la penumbra del camarote de proa busque la linterna a mi lado, donde siempre la dejaba (ya hacia mucho tiempo que no quedaba carga alguna en las baterías). Pero la linterna no estaba y pronto me di cuenta que yo no estaba en la posición en que me dormí sino totalmente atravesado a la cama. Que cuernos había sucedido? Que habían sido todos esos golpes y sacudidas? Quien se había llevado la linterna? Me baje de la cama y mi sorpresa fue aun mayor cuando vi que estaba chapoteando con el agua por encima de la rodilla. La cabina principal estaba totalmente destruida, cual si hubiera habido un terremoto. Todo flotaba en un metro o mas de agua que se desplazaba de un lado a otro. Trate de llegar al cockpit trepando, tratando de evitar las maderas de diversos orígenes que se desplazaban con violencia sobre la superficie del agua. Asome la cabeza y lo vi a Alfredo parado como una estatua detrás del timón, su cara parecía la de un muerto, blanca como un papel, sus ojos hundidos me miraban desconcertados, buscando una respuesta. Pero yo entendía menos que el.

- Que paso? - fue todo lo que atine a preguntarle.

- Dimos vuelta de campana.

Recién entonces empecé a entender lo que me había sucedido, los golpes, el interior destruido, pero no podía creer que hubiéramos dado una vuelta de campana, que para mi era lo mas trágico y extremo que podía suceder, y que ni siquiera me hubiera enterado. Tampoco me podía explicar como Alfredo permanecía en el cockpit, frente a mis ojos, con su manía de no enganchar el arnés!

- Agarra el timón por favor que no quiero que me pase de vuelta. Después te explico.

Todavía muy confundido tome el timón y reestablecí el rumbo. El barco estaba pesadísimo y ya casi no tenía francobordo. Se hamacaba lentamente mojando una y otra banda que estaban a pocos centímetros de la superficie del agua. Alfredo se ocupo inmediatamente de recoger la borda de estribor, que increíblemente había sido arrancada por la fuerza del mar y colgaba todavía de los guardamancebos. También trato de recuperar uno de los dos tanques auxiliares de combustible de cincuenta litros que había sobrevivido a la tumbada y colgaba por la banda de estribor. Con un esfuerzo sobrehumano para el estado de debilidad en que nos encontrábamos, y ayudado por el movimiento oscilatorio del barco, logro subirlo a bordo y lo amarro nuevamente. Recién después me dio una breve explicación, muy entreverada, que después de analizarla un rato comprendí.

Fue una ola. Una ola gigantesca que se levanto sobre la popa y se desmoronó sobre el cockpit, mas bien a estribor, dándolo vuelta con su peso como si fuera un láser. Un láser de dieciocho toneladas y trece metros de eslora! Alfredo quedo prendido del timón, con las piernas en el agua, hasta que volvió a levantarse. Debajo del cockpit, en la total penumbra, quedo aire atrapado que le permitió respirar. Todo fue cuestión de pocos segundos. De haber permanecido tumbado mas tiempo estaríamos todavía en el fondo del océano, ya que todas las puertas fueron arrancadas por la fuerza del mar, precipitándose miles de litros hacia la cabina. Pero yo no iba a terminar de entender lo acontecido hasta el atardecer de este nuevo día...

Las siguientes doce horas fueron la prueba mas dura a nuestra resistencia. Yo, en el timón, durante todo ese tiempo, sin parar, mientras mis brazos y mis manos se deshacían tratando de mantener un rumbo perpendicular a la ola. Y Alfredo en la titánica tarea de achicar varias toneladas de agua lo mas rápido posible y reconstruir parte del interior. Otra tumbada en estas condiciones y seria la ultima. Para peor con la inestabilidad que tenía el barco en ese entonces las probabilidades de volver a ponérselo de sombrero eran muy altas.

La manija de la bomba de achique se había perdido, por lo cual hubo que empezar la tarea de achique a balde, de a ocho litros. Como el cockpit quedo menos estanco que nunca al perderse una de las tapas de acceso al motor, había que llenar el balde desde la escalera, subir los escalones, salir al cockpit y arrojar el agua por la borda. Al cabo de unos treinta baldes Alfredo no podía mas y el nivel no bajaba. Era demasiado. Por suerte, tras una desesperada búsqueda, mi compañero encontró un caño de acero inoxidable que entraba mas o menos bien en la bomba y empezó a achicar, a razón de menos de medio litro por bombazo, durante interminables horas.

Nunca voy a olvidar la imagen de Alfredo sentado en la cucheta de babor, con una mano en la manija de la bomba (envuelta en varios trapos para no destrozarse las ampollas). Su cara, enmarcada por una capucha bien ajustada, reflejaba miseria, tristeza y agotamiento. Alrededor suyo la imagen era aun mas caótica. En la sentina flotaba comida, ropa, almohadas, sábanas, frazadas, los payoles, tapas de los asientos, gasoil, yerba, ácida de baterías, todo, absolutamente todo termino en la sentina, mezclado y revuelto. La mesa de la dinette estaba caída; en el techo había arroz y yerba que probaban que la vuelta de campana no había sido un sueño. También se veían detalles increíbles, casi cómicos, como una galleta pegada en un ojo de buey, y una galletita adentro de un vaso roto que apareció paradito cómodamente en una repisa de la mesa de navegación. El olor a esa mezcla de gasoil, ácida y comida, y el ruido del agua que se desplazaba violentamente con los bandazos contribuían a transformar una lujosa cabina en el peor de los chiqueros. Afuera, sin embargo, no hubo tanto destrozo. Por cierto que las manijas de los molinetes, la veleta, el anemómetro y el enjaretado del cockpit decidieron abandonarnos, pero los mástiles y la jarcia estaban intactos. En realidad el palo mesana estaba un poco rajado, pero parecía aguantar.

Me llevo varias horas recuperarme del miedo, del terror a una nueva tumbada. Sabia que hasta que no vaciaramos el barco e improvisaramos nuevas puertas estábamos absolutamente regalados. Durante mucho tiempo me mantuve 100% concentrado en el rumbo y en las olas para evitar una tragedia, pero al cabo de dos o tres horas mi mente empezó a alejarse, y viajo en el tiempo y en el espacio. Primero se detuvo en mi novia, en Valeria. Bendije mil veces que Jorge no la hubiera dejado acompañarme, pero como la extrañaba! Creo que las ganas de volver a verla me dieron esa energía, que mi cuerpo ya no podía dar, para aguantar y aguantar y no entregarse nunca. También le llego el turno a mis padres, a mis hermanas, amigos, futuros suegros y cuñados...Me di cuenta cuanto los quería a todos y cada uno de ellos. Pero no me estaba despidiendo. En todo momento supe que resistiría y que costara lo que costara iba a volver, tarde o temprano. Así transcurrió el día 22 de junio, luchando por mantenernos vivos y a flote.

El viento fue disminuyendo hacia los cuarenta nudos y rolando al sureste. Recogimos el cabo que arrastrábamos por la popa, pensando que era el fin de la pesadilla pero estábamos muy equivocados. La surestada levanto nuevas olas, mientras que las olas del suroeste no disminuían; se hacían mas largas pero seguían siendo peligrosas. Timonear ahora si que era una prueba dura, con olas enormes que venían en distintas direcciones y que encima chocaban de vez en cuando, levantándose una fuente de espuma por los aires. De todos modos, el viento y las nuevas olas del sureste nos permitieron hacer un rumbo mas aterrado, y esa tarde vimos tierra...

Parados en el techo de la cabina de popa, agarrados de los obenques del palo mesana, nos rompíamos los ojos tratando de reconocer los morros que veíamos en el horizonte. Podría haber sido el sur de la isla Santa Catarina. Si era así, no estábamos tan lejos de una ducha caliente y un buen almuerzo. Lo curioso es que avanzábamos unos buenos cinco nudos, aun a palo seco, pero los morros seguían viéndose en el horizonte y solo cuando nos levantaba la ola. Tan pocas millas habríamos avanzado?

Alfredo hizo milagros con el interior. Para empezar, con horas y horas de bombeo ininterrumpido, logro bajar el agua hasta el nivel del piso. Coloco los payoles, la puerta del baño, y limpio un poco la cocina. Pero empezamos a sentir hambre, un hambre desesperada causada por 3 días sin comer absolutamente nada y esforzándonos físicamente las veinticuatro horas del día. Las despensas, heladera y freezer habían vaciado su contenido en la sentina. Pollos, milanesas, verduras, frutas, fideos, arroz, chocolates, pan, todo disuelto en el agua asquerosa mezclada con gasoil y ácida de batería. De pronto empezaron a aparecer bombones Garoto flotando en la cabina. Es lamentable haber llegado a tal extremo, pero pescábamos los bombones, los escurríamos un poco y los comíamos sin protestar. Todavía me acuerdo del gusto a gasoil que me dejaron en la boca, pero en el momento me parecieron hasta ricos.

Hacia las cinco y media de la tarde decidimos intercambiar tareas. Cedo el timón y bajo a bombear. Ya no es tanto lo que falta. En una hora o un poco mas quedara completamente seco. Empiezo a bombear, pero al rato me llama Alfredo diciendo que acaba de ver una ola como la que nos dio vuelta y que no quiere que nos vuelva a pasar; me pide que vuelva al timón, que el sigue bombeando. Acepto sin discusión, convencido además que era una paranoia suya, ya que el temporal estaba llegando a su fin. Pero estaba muy equivocado. Una tras otra, olas descomunales, del tamaño de un edificio de tres pisos aparecen de la nada y se desmoronan con toda su fuerza. Rompe una veinte metros a babor; otra quince metros a estribor; y la tercera la veo exactamente en nuestra popa. Veo como se alza amenazadora y curva su labio, al igual que las olas que esperan los surfers en la playa solo que a mayor escala. No hay nada que hacer. Mi rumbo ya es perpendicular a la ola. Tranquilo de ver que mi arnés esta enganchado, me prendo fuertemente de la rueda y espero... Siento como toneladas de agua se desploman sobre mi cabeza y sobre la cubierta de estribor, con un ruido ensordecedor. En una fracción de segundo estoy en el agua, prendido todavía de la rueda como una garrapata. Veo al palo mayor enterrarse en el agua hasta la cruceta. No siento miedo. Nada de miedo. Solo una profunda rabia de tener que volver a achicar los miles de litros de agua que deben estar entrando a la cabina. Por suerte queda mucho aire bajo el cockpit con el que lleno mis pulmones para lanzar mis peores insultos. Pero antes de que pueda decir nada el barco ya esta adrizado y yo estoy encima y no abajo de el, porque nunca solté la rueda. Fue todo cuestión de unos cinco segundos y ni siquiera llegamos a tumbar 180o. No había velas que dificultaran el adrizamiento, pero a pesar de todo el barco estaba nuevamente lleno de agua hasta los muslos, sin estabilidad alguna y con sus puertas abiertas a que una tercera ola nos mandara al fondo...

Alfredo se desespera. Pierde el control. Levanta las maderas que flotan por doquier y las arroja contra las paredes. Trato de calmarlo y de animarlo. Tenemos que entender que estamos en una situación limite, que pueden haber pruebas aun mas duras, pero que queremos llegar vivos. Y la única forma de lograrlo es manteniéndonos muy unidos y luchando como sea por reflotar este barco semi-hundido lo antes posible. Pero por otra parte, como podría culparlo por su desesperación después de haberlo visto bombear durante interminables horas, hacerse camino entre la mugre y el caos para descubrir la mesada de la cocina. Había logrado restaurar un pedacito del interior para poder apoyar algo y pararse en el piso sin chapotear, y volvíamos a estar en la misma situación que catorce horas antes, y con un grado de agotamiento extremo. Increíblemente, yo conservaba aun mi estabilidad psíquica como para seguir adelante; pero solo no podía hacer nada. Necesitaba de Alfredo para seguir a flote.

Las olas no disminuyen. Una tras otra las veo trepar y romper en una avalancha de espuma. Ya no seria mala suerte que nos rompiera otra encima, sino que seria una gran suerte que esto no sucediera. La frustración se sustituye por el terror y la desesperación. Empiezo a pensar que tal vez nunca regresemos a casa, que tal vez nunca volvamos a ver a los nuestros. Es espantoso. Me siento con un pie en la tierra y otro en el mas allá. Es como una larga agonía. Me doy cuenta del amor que le tengo a la vida y de cuanto amo a todo el mundo. Ya no tengo mas enemigos; hasta el ser mas odiado me parece ahora un encanto y quisiera volver a verlo. El trabajo mas duro me parece sutil, no hay sacrificio alguno que me intimide. Quiero ser el ser mas bueno y generoso del planeta. Quiero volver!

Y no nos entregamos. Continuamos luchando y así lo haremos hasta llegar a tierra. Pero esta vez somos menos optimistas. Arrimamos dos salvavidas, las bengalas, dos botellas de agua mineral que sobrevivieron a los golpes, y revisamos que la balsa este lista. Al caer la noche vemos dos luces a babor. Será tierra? Serán barcos? No importa. Estamos de acuerdo en tirar una bengala. Apuntamos hacia arriba y disparamos. La bengala viaja en forma horizontal a causa de la fuerza del viento, que sigue en los cuarenta nudos, y cae al mar a unos doscientos metros. Si alguien la pudo ver es porque realmente tiene un ojo biónico.

Empiezan las guardias estrictas. Veinte minutos de bomba y veinte de timón. Sesenta bombazos por minuto, sin parar. Damos lo máximo de nosotros, con la mejor voluntad. Pero hemos llegado al limite. Estoy timoneando delante de gigantescas olas que podrían acabar con nosotros a causa de una distracción. Pero el sueño me esta venciendo. Siento que me viene a buscar, pero no se si es el sueño o la muerte. Me da lo mismo. Si me duermo se atraviesa el barco, la primer ola lo da vuelta, y seguimos rumbo al fondo. Pero no quiero ser culpable de esta desgracia. No solo es mi vida la que esta en peligro. Son los peores momentos de mi vida... No dejo de pensar en los morros que veíamos durante el día. En cualquier momento deberíamos llegar a tierra. Ya no me importaría encallar. Solo quiero que termine de una vez esta horrible pesadilla y pisar tierra firme. Si hubiera sabido todo lo que aun iba a sufrir no creo que hubiera aguantado. Me mantenía entero la esperanza de que en poco tiempo estaría en un avión rumbo a Montevideo, durmiendo y con el estómago lleno.

Llamo a Alfredo y le explico lo que me pasa. Necesito dormir. Comprende bien, ya que tiene exactamente el mismo problema. En hora buena Eolo nos da una tregua y el viento disminuye progresivamente, al igual que las olas. Cedo el timón y me acuesto en proa, destruido. Ni siquiera saco el agua de las botas. Estoy empapado, tiemblo de frío, de miedo y de hambre, pero solo me importa dormir.

Dejamos el barco como esta, lleno de agua y porquerías que deambulan flotando por la cabina, y nos turnamos para dormir. Se acabo la caballerosidad y la compasión. Si Alfredo duerme mas de lo estipulado y no me releva cuando lo llamo seria capaz de matarlo. Hemos llegado a una situación limite. Nada importa, nada, solo mantenerse vivo. Durante el descanso viajo a lo mas profundo de los sueños, antes de que mis pesados párpados lleguen a cerrarse; y cuando escucho la voz de Alfredo me levanto de inmediato para hacer mi guardia. Pero ya no es por respeto, es porque soy consciente de que si demoro se puede dormir en el timón, y seria el fin. Estamos exhaustos, lo único que queremos es dormir, y esperar a que amanezca para ver tierra y tirarnos al puerto mas cercano como sea.

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