La Maldición del León - Segunda Parte
CAPITULO 5: BUSCANDO TIERRA
Amanece el día veinticuatro con una gran desilusión. No se ve tierra por ningún lado. Todo lo que se ve es agua y mas agua. Lo que habíamos visto durante todo el día anterior era un espejismo. Tal vez fueran nubes, olas o ambas cosas que se transformaban en morros en nuestras mentes desesperadas. Es difícil describir un momento de tanta amargura como ese. Era peor que el miedo de hundirse; era la desilusión de haber luchado tanto tiempo para encontrarse en el medio del mar, con un barco deshecho, sin velas, sin motor, sin comida, sin un rinconcito seco donde dormir ni una frazada seca para taparse. Extrañaba muchísimo. Quería llorar, pero no tenía a mi mujer ni a mi madre para consolarme. Y de todos modos, la costa no se iba a acercar por verme llorar. Trague saliva, y tuve que encarar.
El viento seguía disminuyendo. Hacia las diez de la mañana había rolado al W-SW, y tan solo quince nudos. No teníamos la mas mínima idea de donde estábamos, pero unas cuentas en el aire y unos trazos en la carta empapada, casi ilegible, nos situaban en medio del Golfo de Santa Catarina. No había sextante ni tablas ni instrumento alguno sobreviviente para corroborar esa estima tan grosera, pero todo parecía indicar que con suerte podíamos llegar a la entrada norte de la isla de Santa Catarina al día siguiente si lográbamos timonear un rumbo W-NW. Que optimistas!
Para empezar a movernos izamos la mayor con un rizo, tras un esfuerzo sobrehumano ya que no podíamos enfachar el barco, el molinete es de tipo reel y no teníamos manija. Todo esto, sumado al estado físico deplorable en que nos encontrábamos lo transformo en una verdadera hazaña. Las olas seguían grandes pero largas y espaciadas, así que pudimos hacer un rumbo atravesado a la ola (NW) sin ningún riesgo de una nueva tumbada. Pero a mayor sola ni nos movíamos. Eran demasiado grandes las ganas de llegar como para tener paciencia, por lo cual decidimos juntar fuerzas e izar el spinaker de crucero que era la única vela de proa sana. Y esto si que nos consumió. Las olas de tres metros de altura nos hamacaban sin cesar mientras gateabamos sin fuerzas por la cubierta para tratar de armar la maniobra. También se hizo muy difícil sin manija para el molinete y con quince nudos de viento, pero lo logramos. Eureka! El Esciron se lanza hacia la costa a unos seis nudos de velocidad. Nos abrazamos con una indescriptible alegría. Lo habíamos logrado. Era la vela de nuestra salvación!
A los diez minutos se rifa. Pero no se rifan nuestras esperanzas. Ya inventaremos una solución. Sin perder la paciencia arriamos lo que quedo de la vela y la embolsamos. Izamos la mesana con un rizo, ya que la baluma cerca del puño de escota se había rifado durante el temporal, a pesar de que estaba arriada y fuertemente aferrada a la botavara. Soltamos el rizo de la mayor y el barco empezó a navegar a unos tres nudos. Con las velas bien equilibradas y el timón trancado manteníamos el rumbo sin tener que estar esclavos del timón.
Nos turnamos nuevamente la bomba de achique, por varias horas, mientras empezábamos a hacer un poco de orden y a secar la ropa. Hacia tres días que estábamos mojados, los dos últimos absolutamente ensopados. Pero ahora teníamos sol y calor. Pero también un hambre descomunal. La ultima comida, a excepción de los bombones mojados, había sido el día 19 cuando partimos y de eso hacia ya cuatro días. Tras una exhaustiva búsqueda, aparecieron en el fondo de la sentina dos latas de choco y una lata roja con algunas galletitas viejas que deberían haber quedado del verano. Deliciosas! Pero no saciamos el hambre. Había que racionar si queríamos llegar vivos a algún lado. Todavía quedaba mucho por revolver y por limpiar y ya aparecería algo mas. Nos preocupaba el viento que estaba disminuyendo y ya casi no nos movíamos.
Llego la hora de la improvisación. Probamos a izar una mayor vieja en la proa, con la driza del spi. Y esta si que dio trabajo porque pesaba un quintal! Dejamos filado el puño de amura y la izamos todo lo que pudimos, flameando. Luego improvisamos unos aparejos para cazar la amura hacia la proa y luego la escota. Por cierto que los molinetes sin manija eran de escasa utilidad, y los herrajes previstos para un guenoa poco servían para una mayor. Pero con un poco de ingenio la hicimos portar y el barco arranco. No se podía hacer proa pero a un descuartelar o de través hacíamos cuatro o cinco nudos. Y ahora si que con tres velas portando era mas que fácil equilibrar el timón para no tener que tocarlo. Era demasiado bueno...
A los pocos minutos se parte la driza del spi y la mayor vieja se va al agua. Maldición! La subimos a bordo nuevamente y desenrollamos lo que queda del guenoa para arriarlo y usar la driza. Pero no hizo falta arriarlo porque cuando lo desenrollamos bajo solo. Se partió el destorcedor del enrollador y la driza quedó arriba. Ahora si que estamos fritos. No hablamos. No protestamos. Cada uno saca sus propias conclusiones. Tiene que tratarse de alguna maldición. No puede ser que cada vez que inventemos algo se rompa otra cosa para impedirnos avanzar. Ya es demasiado! El hecho es que ya no tenemos drizas en proa para izar la vieja mayor, ni tampoco para subir al palo.
De pronto vemos algo en el horizonte. Parece un pescador parado en un botecito insignificante. Será un naufrago como nosotros? Es muy extraño. De pronto aparece otro mas a estribor, y luego un tercero. Estaremos soñando? La explicación aparece también en el horizonte cuando vemos un gran pesquero. Evidentemente los botecitos provienen de allí. Nos acercamos a uno de ellos y pedimos la posición. Nos dice que el puerto mas cercano es Paranagua, a ochenta millas en rumbo 330o; Florianopolis y Santos están ambos a cien millas de distancia, al oeste y al norte respectivamente. Demoramos un rato en asimilar lo que nos dice el pescador. Nunca creímos estar tan lejos. El problema es que, una vez pasada la isla de Santa Catarina, el golfo se abre unas sesenta millas, y nosotros estamos en medio del golfo, pero aun mas afuera. Nos acercamos al pesquero madre. Nos dice que van a permanecer en el mar todavía una semana y que después regresan a Santos. Pedimos que avisen por radio nuestra situación a alguna Capitanía do Porto. Nos responden que lo intentaran, pero que nunca hay nadie a la escucha.
Estamos contentos de haber visto algún otro ser humano, lo cual confirma que estamos navegando en el planeta tierra y no en el mas allá, pero desilusionados de la posición. Alfredo propone poner rumbo a Santos, que nos permitiría ir mas rápido, pero yo le sugiero Paranagua, porque el viento con seguridad va a rolar al noreste transformando Santos en un imposible. Finalmente nos ponemos de acuerdo en seguir rumbo 330 o 340, según sea posible, hacia Paranagua.
El resto del día avanzamos muy lentamente, enjuagamos y secamos la ropa y nos proponemos reconstruir la cabina de popa de estribor para poder dormir. Alfredo entra a la cabina y lanza un alarido:
- Ah! Te encontré, bicho endemoniado. Este es el responsable de todas nuestras penurias! - y señala con el dedo.
Me acerco a mirar. Allí estaba con su pose señorial y su cara maliciosa. Era el león tallado en madera, con el que compartí mi camarote en Laguna. Todo se había destruido en las tumbadas, los pisos habían volado por la cabina, los colchones se habían dado vuelta, pero el león seguía inmóvil, intacto, inmaculado. No tenía un solo rasguño. No cabía duda que era algún tipo de gualicho decidido a quedarse en las costas brasileñas a cualquier precio. De a poco fuimos atando cabos. Recordamos que antes que nosotros otra tripulación intento llevarse el Esciron de Laguna pero volvieron atrás a causa del mal tiempo. Y ahora nosotros con la peor mala suerte, imposibilitados de llegar a puerto. No podía ser casualidad el mal tiempo, las roturas, los contratiempos. Y allí estaba el responsable, con su mirada de satisfacción. La decisión fue unánime. Había que deshacerse de el lo antes posible. Lo atamos del cuello para que uno pudiera tirar mientras el otro empujaba. Con todas nuestras fuerzas logramos pararlo, pero levantarlo era imposible. Como habría llegado hasta el camarote? Por que? Era todo un misterio. Lo único certero era que el león se iba a quedar allí, burlándose de nosotros y proponiendo mas y mas pruebas y dificultades para superar...
Valiéndonos del guenoa rifado y dos frazadas que secamos al sol, improvisamos una cama seca en el camarote de popa, que turnamos durante toda la noche. Fue una hermosa sensación el volver a estar seco y calentito, pero a su vez dolorosa, por que la ropa estaba dura de sal y nos irritaba las partes mas sensibles de la piel, que estaban paspadas después de tantos días de humedad.
Durante la noche avanzamos muy poco, un nudo a un nudo y medio a mayor y mesana. Un verdadero desastre pero pudimos descansar. Vuelve a amanecer y vuelve a verse agua y nada mas que agua en el horizonte. Pero no nos extraña porque avanzamos muy poco. Y es la desesperación por avanzar un poco mas rápido la que me lleva a intentar un acto heroico: subir al palo, pasar dos nuevas drizas y buscar la costa. Y digo heroico por el estado físico en que me encuentro, el movimiento del barco y porque hay que subir quince metros a pulmón. No iba a ser nada fácil pero no había mucho que perder. No servia de nada quedarnos flotando incomunicados en el medio de la nada hasta morir de hambre. Así que lo intente. Pudimos haber arriado la mayor y usar esa driza para subir, pero el movimiento arriba del palo sin velas, habría sido fatal. De todos modos la driza sin molinete no servia para nada.
Empecé a trepar, metro a metro. A medida que avanzaba, Alfredo izaba la guindola con el amantillo, que no era fuerte como para sostenerme con seguridad, pero me ayudaba a descansar cada tanto. Llegue al tope. Amarre la guindola con unos cabos y me senté. El movimiento era bastante intolerable, debido al mar de fondo. Respire hondo y mire al horizonte. Agua y solo agua. Solo se veía la inmensidad del océano y por mas que me esforzara no veía tierra. Me vino a la cabeza la imagen del Holandés Errante, que estaba destinado a vagar por los siete mares sin nunca pisar tierra. Correremos el mismo destino?
Logro bajar la driza de guenoa, cambiar el moton de la driza de spi, que estaba destrozado, y enhebrar dicha driza. Ahora tenemos dos drizas en buenas condiciones como para seguir inventando trapos que nos acerquen a la costa
Sin perder mas tiempo izamos la mayor vieja con la driza de guenoa y esta vez será para siempre. Volvemos a navegar, aunque no muy rápido.
Con una tenacidad y un estómago admirable, Alfredo logra limpiar y reconstruir la cabina. Creo que yo nunca hubiera podido; era un verdadero asco. En una vieja frazada junta toda clase de desperdicios, hace un paquete y lo saca a cubierta, y comienza la interminable tarea de revisar la sentina en busca de alguna lata de comida. Van apareciendo los pollos, las costillas, un par de botas, la manija de la bomba que tanto buscamos, el compás de puntas secas, e infinidad de porquerías, todo bañado en una mezcla de arroz, fideos, yerba y gasoil. Comestible recuperamos unas naranjas, dos latas de palmitos, leche en polvo y cocoa, con lo que habríamos de subsistir. Durante esta operación "búsqueda de alimentos", las manos de Alfredo se llenaron de agujeros, probablemente por el ácida de las baterías que se volcaron en la vuelta de campana. Por suerte apareció también una botella de alcohol con la que desinfectamos nuestras múltiples heridas.
Durante todo el día 24 avanzamos lentamente, rumbo 330 grados. Seguimos limpiando, secando, ordenando y durmiendo. A pesar de los esfuerzos por racionar, nos comimos lo poco que habíamos rescatado, pero seguimos muertos de hambre. En determinado momento se me da por mirarme al espejo. Mi aspecto es deplorable. Estoy muy flaco, barbudo y mugriento. Tengo el pelo duro de sal. Me doy lastima, pero estoy contento porque mañana voy a llegar a puerto, voy a llamar por teléfono, voy a dejar el barco mas o menos arreglado, me voy a tomar el primer avión, cueste lo que cueste y me voy a ir a casa. No me importa nada mas que llegar a casa.
Llego el momento de violar el ropero del Señor Propietario, a quien nunca conocí y cuyo nombre no quiero recordar. Siempre lo respetamos, pero ante la posibilidad de que hubiera comida en ese ropero que permanecía bajo llave, nos vimos obligados a violarlo. Con un destornillador y un martillo, sacamos cuidadosamente las bisagras y listo! Lo primero que vimos fue una tableta de chocolate que nos hizo agua la boca, a pesar de estar mojado. Luego vimos una serie de objetos sumamente útiles que nos hicieron odiar a este Señor Propietario por tenerlos bajo llave. Allí había una pínula electrónica, un par de guantes de navegar, que hubieran evitado las ampollas que cubrían nuestras manos de tanto bombear y timonear, grilletes, repuestos varios, y hasta hilo encerado y aguja para coser velas! Cada vez que lo pienso me da mas odio saber que alguien puede llegar a ser tan miserable. Podríamos haber muerto de hambre, flotando en medio del océano con las velas rotas porque el Señor Propietario tiene miedo que le roben la aguja y el hilo salvadores! No entiendo como pude confiarnos un barco de sesenta mil dólares y temer que le robemos una aguja y un pedazo de hilo. En ese momento jure que el día que lo conociera, me iba a presentar y lo iba a acostar de un piñazo. Y todavía estoy a tiempo!
Navegamos muy bien toda la noche. Acostado sobre el guenoa en el camarote, empecé a hacerme ilusiones. Llegaría a puerto al mediodía, llamaría por teléfono, y en la tarde tomaría un avión a Montevideo. Pienso en la cena de bienvenida, con toda la familia reunida en la mesa. Mis padres, hermanos, suegros y cuñados, todos contentos de verme llegar sano y salvo. Y Val sentada en mi falda haciéndome mimos mientras como y hago los cuentos del viaje. Me emociono tanto de solo pensar en esa escena que se me caen las lágrimas.
Mas tarde, durante mi guardia, aparece un delfín a hacerme companía y a guiar mi camino. Escucho su respiración en el silencio de la noche. Lo llamo Miko, recordando un hermoso cuento. Estoy feliz, porque mañana llegaré a puerto. Según la estima, teníamos que avistar algún faro en la madrugada. Pero la estima no tuvo en cuenta una marea en contra de mas de un nudo, tal vez otra treta del diabólico león.
Empieza a clarear el nuevo día y no se ha visto ningún faro. Con los ojos clavados en el horizonte imagino las siluetas que se delinearán al despuntar el alba. No recuerdo ningún otro amanecer tan largo y angustiante. Miro y miro hacia la proa y me digo a mi mismo: "Todavía es de noche. Ya veré la costa cuando haya mas luz." Alfredo me pregunta la hora. Miro el reloj y distingo claramente los numeros. Ya había luz, y alrededor nuestro no había nada mas que agua. "Será la niebla", pensé; pero la niebla se levanto y el sol salió, y nada cambio. Me enloquezco. Pierdo el control, grito y maldigo desesperado. No doy mas. Esta vez es Alfredo el que me tiene que calmar a mi. Cuanto mas fácil es sobrevivir cuando se tiene el apoyo de un semejante. No es solo por la ayuda física tan necesaria en una situación como la nuestra sino por el apoyo psíquico que se requiere para poder seguir adelante. Cuando uno no aguanta mas y quiere dejarse llevar, siempre esta el otro a su lado tendiéndole una mano y dándole animo. Pero sigo muerto de tristeza y desesperación. Ya no podemos mas, de hambre, de aburrimiento, y de frustración. No solo no podemos llegar a Punta del Este como era previsto, sino que ni siquiera podemos llegar a ver tierra de ningún tipo. Estamos al borde de la locura.
A eso de las nueve de la mañana vemos un pesquero que pasa bastante cerca. Tiramos un cilindro de humo naranja, que en seguida cubre el cielo. Tienen que haberlo visto sin lugar a dudas, pero para venir en nuestra ayuda deberían haber abandonado la pesca, ya que venían arrastrando redes. Siguen su camino. Al rato pasa otro pesquero y repetimos la operación. Previendo el resultado y para que la bengala no sea malgastada, Alfredo aprovecha la llamarada inicial para prender un cigarrillo. Casi se quema la cara pero se siente satisfecho. Hacia mucho tiempo ya que todo fósforo y encendedor había perecido, y eso para un fumador en las circunstancias en que se encontraba Alfredo es realmente duro. Nuevamente el cielo se torna naranja pero nadie acude a nuestra ayuda. Pensar en todo ese pescado nos da todavía mas hambre, pero no tenemos ni un anzuelo.
Olvide mencionar anteriormente que durante la vuelta de campana la garrafa de gas se sacudió de tal manera que con la presión que desarrollo desconecto la manguera en varias partes. Inmediatamente escuchamos el silbido del gas que se escapa a presión y cerramos la válvula. Ahora, en la desesperación por tomar aunque sea un mate, y ante la posibilidad de conseguir pescado, arreglamos las cañerías de gas utilizando abrazaderas de distintas partes del motor, que realmente no servia para nada. Alfredo fabrico un mechero de gasoil que encendimos con otra bengala y que quedaría prendido siempre, para prender cigarrillos o una hornalla. Probamos la cocina y funciono! Con gran placer calentamos una caldera de agua y preparamos el mate, pero al apagar el gas, era tal la presión que todavía tenía la garrafa que revienta las mangueras dentro de la cocina y se prende fuego. Lo único que faltaba. Corro a apagar el gas y el fuego se apaga solo. Menos mal! Evidentemente no podíamos inventar ni arreglar nada porque otra cosa se rompería. Imposible luchar contra el destino...
Hacia el mediodía se acerca un pesquero por la popa y fondea. No esta muy cerca y habría que volver atrás para acercarnos, pero es tal el hambre que tenemos en ese momento que no importa nada mas. Damos vuelta y nos dirigimos lentamente hacia el pesquero, con una suave brisa que apenas acaricia las velas. Al cabo de casi una hora llegamos al pesquero, que aparentemente estaba en tareas de limpieza. Nos dirigimos al capitán, un hombre gordo de bigote, de unos cuarenta años. Explicamos nuestra situación, y muy amablemente mando preparar una bolsa con comida, y nos dio la posición. Remolcarnos les era imposible. En una difícil maniobra, debido a una corriente de un nudo del NW, nos pasaron la bolsa con comida a través de un cabo. Agradecimos profundamente su aporte, y nos alejamos lentamente. Nunca olvidaré ese pesquero del puerto de Santos, el Maranata IX, ni a su tripulación.
Nos precipitamos a abrir la bolsa. En su interior encontramos tres chorizos ahumados (que se pueden comer crudos), un paquete de galletitas al agua, unas naranjas, manteca, y mucho pan. No perdimos tiempo. Dejando que el barco se atendiera a si mismo nos dedicamos a comer, nada mas que a comer. No hablábamos, no pensábamos, ni siquiera en racionar la comida, guiados tan solo por nuestro instinto animal. Devoramos prácticamente todo en cuestión de una hora. Fue una gran satisfacción.
Una vez saciada el hambre, tomamos la carta para marcar la posición y estimar nuestros próximos movimientos. El capitán nos dijo que Paranagua se encontraba a cuarenta millas en rumbo magnético 340o. Nos extraño que hubiéramos avanzado tan poco desde el encuentro con el otro pesquero, pero seguramente era a causa de la fuerte corriente en contra. Siempre entendimos que las cuarenta millas eran la distancia a tierra, pero aprenderemos mas tarde que esa era la distancia al puerto de Paranagua, que se encuentra casi veinte millas hacia adentro.
Aunque parezca mentira el haber comido algo cambio totalmente la moral de la tripulación. Renació el humor, que había desaparecido hacia ya mucho tiempo. Además, resignados ya a que nuevas dificultades aparecerían por la proa, nos dedicamos a charlar y disfrutar de la navegación. Por primera vez intercambiamos impresiones del temporal, y nos contamos como vivió cada uno los momentos de miedo y angustia. Recuerdo perfectamente las palabras de Alfredo:
- Yo hable con Cristo. Le pregunte que diablos quería. Le dije que si tenía algún problema lo arreglábamos mejor en tierra, conversando, como seres civilizados, que yo le iba a explicar todo.
- También hable con mi viejo, que esta allá arriba - prosiguió - "Querés que deje el cigarro?," le dije, "No hay problema. Querés que rece todos los días? Yo fui monaguillo, se rezar, solo que perdí la costumbre".
Yo lo escucho atentamente y le cuento como viví yo esas horas de agonía.
- Yo me cuestione absolutamente todo- le digo- ya no se si quiero seguir navegando. Me muero por un apartamento con estufa a leña, lejos del mar, para tirarme a ver videos con mi novia.
Fueron momentos de gran camaradería.
Al atardecer se levanta un viento del sur que nos empuja a unos tres nudos, lo cual es un gran logro para lo que estamos acostumbrados. Como la carta y el derrotero indicaban que los faros de las islas de Bom Abrigo, I.do Mel, etc, se veían a veinte millas de distancia, apenas oscureció empezamos a otear el horizonte. Pero empezó a llover torrencialmente y la oscuridad era absoluta. El agua tenía una fosforescencia increíble que nos encandilaba, al igual que los cientos de pesqueros que empezaron a aparecer en la proa. No se ven faros pero si un gran resplandor. Debe ser Paranagua. Ya es imposible ver el rumbo en el compás porque la linterna se quedo sin pilas, y contamos, como único instrumento, con las orejas, que, por fuera de la capucha, sensan la dirección del viento y nos permiten mantener el rumbo. En estas condiciones precarias de navegación y sin conocer la zona, lo mas lógico y racional hubiera sido ponerse al pairo o fondear hasta que amaneciera, pero el ansia de llegar era demasiado fuerte. La verdad es que no nos encontrábamos en nuestro mas sano juicio y, en vista de que no se avistaba faro alguno, proseguimos hacia el resplandor, con los ojos bien abiertos...
Alfredo se va a dormir. Me quedo solo en cubierta, timoneando y escudriñando el horizonte en busca de faros.
De pronto llega a mis oídos un aterrador sonido, produciendo una rápida secreción de adrenalina. Era ruido de olas que rompen en una playa arenosa. Demoro un par de segundos en asimilarlo y doy todo el timón a orzar. Pero ya es tarde. Cazo la mayor para intentar salir ciñendo, cuando una ola nos levanta de costado y nos arroja a la arena. Aun no se veía nada. Llamo a Alfredo a gritos y me precipito a arriar las velas que, con cada ola, nos empujaban un poco mas playa arriba. Pido a mi compañero que arroje el ancla, pensando que con algo de suerte, una marea mas alta nos permitiría volver a flotar. Pero la respuesta de Alfredo es un "no" rotundo, seguido de una serie de insultos y ordenes que me dejan mudo. Me quedo inmóvil, abrazado al mástil, mientras el barco sigue destrozándose contra la playa. Me lleva un tiempo asumirlo, pero recién en ese momento me doy cuenta de que Alfredo no es solo mi compañero, es mi capitán; es el responsable del barco y es el quien debe tomar las decisiones en situaciones criticas como la que estamos viviendo. Por lo tanto volvimos a izar las velas con gran dificultad y a intentar salir navegando, contra el viento, las olas y la arena. Siempre supe que era imposible. Con la vela que habíamos improvisado, no podíamos ceñir, y menos en esas condiciones en que la quilla solo se desprendía de la arena cuando nos levantaba la ola, para subirnos un par de metros mas sobre la playa. Para que un barco empiece a moverse se necesita agua, y mucho espacio para agarrar velocidad antes de empezar a ceñir, pero no contábamos con eso. Aun así tuve que obedecer. No era momento para discusiones y de todos modos, Alfredo podía tener razón. Pero transcurrían los minutos y seguíamos siendo arrastrados por las rompientes, hasta que quedamos casi en seco, con el barco escorado sobre su banda de estribor y las olas rompiendo contra la proa. Ahora si, desesperanzado, Alfredo acepta fondear, arriar las velas y esperar a que amanezca. Era el fin; un triste fin para una larga aventura...
CAPITULO 6: EN LA ISLA DE SUPERAGUI
Donde estamos? Donde esta Paranagua? Habremos llegado efectivamente al continente, o estaremos perdidos en alguna isla? Si se trata de una isla, habrá alguien para rescatarnos? O estaremos destinados finalmente a morir de hambre y desesperación? Todas están preguntas circulaban por mi mente a gran velocidad, junto a muchas otras mas. No había mas remedio que esperar al amanecer y recién eran las doce de la noche! Mientras tanto debíamos permanecer en ese barco encallado, semi-destruido que sufría cada vez mas los azotes continuos y tenaces de las olas atlánticas. Pronto empezó la tortura psicológica, al analizar el accidente y hallarme culpable. Alfredo tenía razón; me había asustado al tocar tierra y me había dado por vencido. Arrie las velas en lugar de luchar por desprendernos de la arena, y cuando las volvimos a izar ya era tarde. Que grandísimo estúpido que fui! Después de soportar la peor de las tormentas vengo a flaquear como un cobarde. No podía perdonarmelo. Y Alfredo tampoco. Estaba convencido de que me había dormido y de que era culpa mía. No me hablaba. Para el, era el fin. Había dejado el barco en la playa. Nadie volvería a contratarlo; todos se burlarían de el y lo tratarían de "naufrago". Estaba arruinado. Paso largo rato en la proa, solo, bajo la lluvia, llorando. El dolor y la angustia se adueñaron de nosotros. No quedaba nada por hacer y nada por decir.
Durante tres horas me torturaron estos pensamientos, haciéndome sentir miserable. Por momentos pensaba que era una pesadilla y que cuando despertara se acabaría todo. Pero no era así. La vida es un largo sueño que termina solo una vez, y por mas que sufriera no quería terminarlo. De pronto, un ruido descomunal me volvió a la realidad. Era la cadena del ancla que se tensaba violentamente. Parecía que el barco se fuera a desarmar, pero renacieron mis esperanzas. Si la cadena estaba tirando significaba que la marea había subido, y mucho, y que el ancla estaba profundamente enterrada. Significaba también que si hubiéramos tirado el ancla cuando apenas tocamos fondo, como yo quise, cien metros mas afuera, ya estaríamos a flote. Mas tarde me iba a enterar que cuando varamos, a las once de la noche, estábamos en plena bajamar, y que durante esa noche la marea había subido mas de dos metros!. Única vez que tuvimos suerte, y no supimos aprovecharla. Pero de todos modos no era momento para arrepentimientos ni para buscar culpables, sino para rezar para que la marea subiera un poquito mas. Pero no fue así. La cadena tironeó un rato mas y se callo. Los sacudones disminuyeron, los ruidos se apagaron y el sol salió.
Un enorme sol rojizo despuntó en el horizonte, invadiendo con su luz nuestra lúgubre morada. Tímidamente asome mi cabeza al exterior, con los ojos semicerrados a causa del resplandor o quizás, por miedo a ver lo que tenía delante. Arena, arena, y mas arena. Estamos en una isla, en una maldita isla desierta. Habíamos por fin tocado tierra firme y el destino nuevamente nos jugaba una mala pasada. A esa altura ya era obvio que estábamos bajo el poder del León, no había duda alguna de que nos quería ver morir de hambre, que quería para nosotros una lenta y amarga agonía junto a el, siempre junto a el.
Tratamos de identificar nuestra posición pero no es tan fácil. De todas maneras, no hay nada que hacer en el barco; doblamos las velas, juntamos nuestros petates, dejamos todo mas o menos prolijo, clavamos unas tablas a modo de puerta y saltamos por la borda.
Tomo distancia y vuelvo la vista hacia el Esciron. Estoy muy confundido; no se que pensar ni que sentir. Me parte el alma haber sido protagonista de este naufragio y no haber podido evitarlo; pero por otro lado me alegra seguir vivo. No dejo de pensar en todo lo acontecido a lo largo de estos casi siete días de locura, y estoy orgulloso de no haberme entregado a las fauces del océano. Pero al mismo tiempo desconozco totalmente las sorpresas que podrían estar aguardándonos. Quisiera saber que futuro le espera al pobre barco, si podremos rescatarlo o si este habrá sido su ultimo viaje.
Para nuestra tranquilidad aparecen tres personas, un pescador, un niño y un anciano, que aparentemente habían salido a caminar; conclusión: no estábamos en una isla deshabitada. Alfredo se dirige al pescador. Un poco en portugués y otro poco en español pero logra explicarle lo acontecido y le pregunta donde estamos y donde puede conseguir un teléfono. También le pregunta si aceptaría cuidar el barco a cambio de unos cuantos cruzeiros. La respuesta es afirmativa; propone acompañarnos al pueblo y volver para instalarse en el barco y aguardar nuestro regreso.
Durante el camino aprendemos que estamos en la Isla de Superagüi y que la única forma de atravesar las treinta millas que nos separan de Paranagua es en canoa, con algún pescador que vaya a vender su mercadería. Increíblemente, en el pueblo hay un teléfono.
Caminamos por la playa cerca de dos horas, a buen paso y en forma ininterrumpida, los pies se me llenaron de ampollas por el roce con las botas mojadas y sentía que mi espalda se iba a quebrar por el peso de mi gigantesco bolso, y el pueblo no aparecía. Pero finalmente llegamos, y nos condujeron al centro del pueblo, donde estaba el almacén y el teléfono. Como era de imaginarse, nuestra llegada causo un inmediato alboroto. Todos se acercaron a curiosear; hombres, niños, perros y gallinas, todos querían saber quienes éramos y de donde veníamos. Entre otros se acerco Hirundiño (Herundino), el administrador del pueblo, quien nos recibió con increíble hospitalidad. Sin perder el tiempo, pidió una llamada a Montevideo y ordeno a su señora que nos preparara un buen almuerzo y calentara agua para el baño.
En pocos minutos estaba hablando con mi madre, resumiéndole mis aventuras. La pobre no entendía nada. No la estaba llamando de Punta del Este sino de una isla cerca de Paranagua, a la altura de Curitiba, y diciéndole que había sido victima de un huracán, había dado dos vueltas de campana y había terminado en la arena. No la culpo por sorprenderse porque yo entendía menos que ella. Pero, sin perder mi optimismo, le dije que cruzaría esa misma tarde al continente y me tomaría el primer avión a Montevideo para tratar de llegar esa misma noche (martes 26). No podía mas!
La primera medida fue dormir una profunda siesta, con la esperanza de despertarme en mi cama con el dolor de cabeza que acompaña siempre a una larga y agotadora pesadilla. Pero desperté en una cama que no era la mía, en un dormitorio que en nada se parecía al mío, y tuve que volver a la realidad. Y no era mi madre ni mi novia la que me acababa de despertar sino un pescador:
- Saquearon el Esciron. Se llevaron todo, incluyendo instrumentos, la cocina, hasta los bidones de combustible!-
No me sorprendí. Tan solo pedí a Dios que entre los objetos robados se encontrara el León...
A la mañana siguiente, me llevaron a Paranagua en una canoa. Hice las denuncias correspondientes y me embarque en un ómnibus rumbo a Montevideo. Para mi, la historia había terminado. Para el León, quizás..., pero ahora, un año mas tarde, contemplando la triste silueta del Esciron en la arena puntaesteña, me doy cuenta de que mi aventura fue tan solo un capitulo mas en la maldita existencia del León de madera...